DOS CARTAS SEPARADAS POR UN NAUFRAGIO: A PROPÓSITO DE SALOMÉ UREÑA Y SU MAGISTERIO

Clara Dobarro, www.revista.global

Cuando Altagracia Frier Troncoso le escribía a su mentora, Salomé Ureña, desde Nueva York en la última década del siglo XIX, estaba muy lejos de imaginar la tormenta que, literalmente, arrasaría con su familia. La joven se quejaba con estoicismo de una serie de infortunios de los cuales el más doloroso era la pérdida de su pequeño hijo tras una enfermedad que casi había arruinado a la familia.[1] En el reparto fortuito de desgracias que nos tocan en la vida, parecería que a Altagracia ya no podían caberle más.

También estaba zarandeada por la enfermedad la vida de la destinataria de esas letras, a quien Altagracia tuteaba y llamaba por su diminutivo, Memé, prescindiendo de convencionalismos usuales todavía hoy entre personas de diferentes edades y posiciones. Se recrudecía la tuberculosis que hacía mella en la salud de Ureña, que había tenido que clausurar, tras doce años de labor abnegada, el Instituto de Señoritas, fundado en 1881 para formar maestras y proporcionar a las mujeres dominicanas una educación racional y laica, un auténtico hito por diversos motivos.

Existía un vínculo poderoso entre ambas mujeres, que se trataban como madre e hija. Altagracia (Tatá) había sido una de las primeras alumnas del Instituto de Señoritas,[2] aunque parece que no llegó a graduarse. Según Pedro Henríquez Ureña, tenía un «don especialísimo para el estilo epistolar», y sus cartas se leían con deleite en casa de Salomé,[3] que mantenía una relación muy cercana con sus discípulas. Altagracia no fue la excepción, ni mucho menos, y llegó a convertirse en un miembro más de la familia Henríquez-Ureña.

Por otra parte, tanto la directora del plantel como las alumnas eran auténticas pioneras en un medio y en un tiempo en que las mujeres estaban limitadas al reducto del hogar, lo cual debía contribuir a crear una mística que las enlazaba. El propio Eugenio María de Hostos, artífice de la reforma educativa en la República Dominicana y epítome de la vocación magisterial, se sorprendía de la ascendencia de Salomé entre sus discípulas: «Gracias a la sinceridad de su enseñanza y al cariño realmente fraternal con que trataba a sus discípulas, formó un discipulado tan adicto a ella y a sus doctrinas, que bien puede asegurarse que nunca en parte alguna y en tan poco tiempo, se ha logrado […] formar un grupo de mujeres más inteligentes, mejor instruidas y más dueñas de sí mismas […]».[4] Una de esas alumnas, Mercedes Laura Aguiar, la caracterizó como «educadora, redentora y madre»,[5] pues todo eso representaba para ellas. Creo que no se ha resaltado lo suficiente el carisma y el prestigio de quien concitaba tantos elogios entre sus contemporáneos. Además de intelectual, era la suya una figura moral, como reflejan múltiples testimonios.

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La casa de Salomé en la calle Duarte fue el lugar elegido por Altagracia Frier para celebrar su boda con el brillante ingeniero cubano Juan de Dios Tejada Alloa el 4 de octubre de 1890. Tenía entonces alrededor de 21 años. El matrimonio se marchó a Nueva York en 1893 y allí la familia creció rápidamente hasta completar cinco hijos, lo usual en la época.

En 1897 la pareja decide volver a la República Dominicana (la incomodidad y peligrosidad de las travesías marítimas en ese entonces no parecía ser un elemento que disuadiera a los viajeros). Al parecer no les había ido bien en Estados Unidos, pues a Tejada se le dificultó la búsqueda de un trabajo que les permitiera vivir dignamente. Entre las motivaciones del regreso, estaba también la intención de Altagracia de confortar a Salomé en su agonía, sin sospechar que eso ya no sería posible. Primero, porque el mismo día que embarcan en Nueva York en el vapor Ville de Saint Nazaire, el 6 de marzo de 1897, muere en Santo Domingo Salomé Ureña. Y segundo, porque Altagracia Frier nunca llegaría a la República Dominicana.

El 8 de marzo una tempestad hizo naufragar el barco en mitad de la noche a la altura del cabo Hatteras, en Carolina del Norte, uno de los grandes cementerios marinos del Atlántico. Hacinados en un bote con más de treinta personas, Altagracia y su familia esperaron un rescate que se demoró seis días. Uno tras otro, la madre y sus cuatro pequeños hijos fueron sucumbiendo por inanición y congelamiento ante un impotente Juan de Dios Tejada, que, más muerto que vivo, debió asistir al aniquilamiento de su familia.

Estos y otros datos aparecieron el 19 de marzo de 1897 en el New York Times,[6] que narró en detalle el horror descrito por los únicos cuatro supervivientes rescatados por la goleta Hilda.[7] Según el diario, el barco llevaba 71 tripulantes y solo 11 pasajeros. Esta misma fuente afirma que muchos de los tripulantes eran «San Domingans» (pudiera referirse a dominicanos o a haitianos) y destaca su comportamiento cívico durante el naufragio a pesar del durísimo régimen de trabajo al que estaban sometidos.[8] Realizaban la penosa tarea de alimentar las calderas del barco a temperaturas infernales. Eran seres humildes y anónimos cuya muerte debió pasar totalmente desapercibida en la isla de Santo Domingo.

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Mientras Altagracia se acercaba a su trágico final, tenían lugar en Santo Domingo las honras fúnebres de Salomé Ureña, que constituyeron todo un acontecimiento social y literario por el renombre y la incidencia del personaje. A él acudieron gran cantidad de niñas y mujeres, entre ellas, por supuesto, todas las discípulas. Aunque se considera el primer acto civil en que desfilaron por primera vez las dominicanas (la aseveración procede de Pedro), lo cierto es que eran meras figurantes que llevaban las cintas del ataúd y portaban las coronas, pues los discursos los pronunciaron los hombres.

Un párrafo de El Eco de la Opinión, correspondiente a la edición del 20 de marzo de 1897, recoge escuetamente la noticia del naufragio, obtenida vía telegrama, y menciona a Tejada entre los rescatados. Probablemente, la redacción del periódico no había tenido tiempo de atar cabos y desconocía la relación de las víctimas con la escritora y educadora. Justo debajo de ese párrafo aparece una fe de erratas correspondiente a una colaboración del intelectual Miguel Ángel Garrido con motivo del fallecimiento de Salomé. La casualidad juntaba en una columna las dos tragedias cuando todavía se ignoraba que la catástrofe del Saint Nazaire enlutaría a destacadas familias de la capital dominicana.

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Nueve meses después de esos fallecimientos, el 24 de diciembre de 1897, el viudo de Altagracia, que ya se ha vuelto a casar, le escribe una carta a Ramona Ureña,[9] la hermana incondicional de Salomé, muy ligada también a la joven. En ausencia de Salomé, a la que consideraba una madre, Tejada busca la comprensión de Ramona pues la noticia de su boda ha sido piedra de escándalo en Santo Domingo. El último eslabón que queda de una red de afectos cruzados está a punto de quebrarse por ese segundo matrimonio.

Desconocemos si Ramona Ureña pudo complacerlo. Era una mujer de mucho carácter, como se deduce de la correspondencia familiar (se refiere a un miembro de la familia como una histérica rematada,[10] y de Madre culpable, la novela de Amelia Francasci, dice que debió ser otro parto de su neurosis).[11] Por su temperamento y su esmerada formación, debió ser un gran apoyo para Salomé, así como lo fue después para su hijo Pedro, huérfano a los 12 años de quien había sido «la guía espiritual consultada a cada minuto»,[12] como él mismo afirma en las precoces memorias que escribió en México cuando tenía 24. Ramona recogió, en la medida que pudo, el testigo de la madre, y de eso dejó constancia Pedro Henríquez Ureña: «me apoyaba en mis tendencias y me ayudaba con sus indicaciones en mis trabajos literarios: pues aunque ella nunca escribió para el público, había compartido en su juventud las aficiones literarias de mi madre, había leído los mismos libros y formado las mismas ideas y tenía el don de los consejos técnicos hijos del buen gusto».[13]

Más comprensivo que Ramona se mostró el joven Pedro cuando revivió el hecho en sus memorias. Con la sensatez y la bondad que lo caracterizaban (cualidades que distinguían también a su madre y que esta reconoció en él ya en sus primeros años de vida), reflexionaba así: «el impulso de la vida suele sobreponerse a las más penosas fuerzas de destrucción, y Tejada, cuando recobró sus fuerzas físicas y mentales que el desastre había afectado, buscó solución a su caso; se dedicó a enterrar el pasado, y se casó de nuevo, seis meses después del naufragio. Ya se comprende que […] recibieron como escándalo semejante matrimonio; pero yo, que en aquel tiempo no veía modo de aceptarlo, comprendo hoy que esa solución era la única».[14]

No solo buscó refugio Tejada en ese matrimonio, sino en su inteligencia e inventiva. El incansable y acucioso investigador Andrés Blanco me facilitó un artículo publicado en la revista cubana El Fígaro[15] en el que se registra la labor incesante desplegada por Tejada en poco tiempo, pues murió en 1910, a los 45 años: múltiples inventos (generadores de gas acetileno, armas, motores, máquinas y aparatos diversos) que obtuvieron numerosas patentes internacionales, publicaciones sobre diferentes temas en revistas de Inglaterra, Estados Unidos y Cuba, etc. De no haber fallecido tan joven, quién sabe a qué cimas le hubiera llevado esa actividad febril con la que posiblemente buscaba tapar sus grietas y mantener la cordura.

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