SOLEDAD ÁLVAREZ: “LA POESÍA ES PARA MÍ UN MODO DE VIDA, EL PRINCIPIO Y EL FIN DE MIS AFANES”

Emilia Pereyra, Diario Libre, 03 de septiembre 2020

La dominicana Soledad Álvarez, aeda y ensayista de reconocida y acrisolada solvencia intelectual, lleva gran parte su vida dedicada a cultivar la poesía, su modo de vida y su disfrute mayor.

Ella, que se ve como una “lectora compulsiva y una escritora lenta y perfeccionista”, cree que la poesía dominicana no tiene nada que envidiarle a otras más conocidas en el mundo de habla hispana, pero entiende que hay que vencer muchos obstáculos para lograr su proyección, dada la ausencia de un sector editorial que garantice la edición, preparación y difusión del libro.

Con la fluidez propia de su buena expresión, la autora de Vuelo posible respondió varias preguntas de Diario Libre en estos tiempos marcados por la pandemia del COVID-19.

¿Percibe si la pandemia provocará cambios apreciables en la vida cultural y literaria del país?

Definitivamente. Y ojalá que sea para bien. El hecho de que la pandemia coincidiera con unas elecciones presidenciales y congresuales que han marcado el fin de un ciclo político y de un gobierno que recibió una humillante derrota electoral, tanto por los múltiples signos de corrupción y menoscabo de la institucionalidad, como por la promesa de cambio de la oposición, ahora en el poder, provoca expectativas, esperanzas de un mejor estado de cosas a pesar de la tremenda crisis sanitaria y económica que se nos ha venido encima. En el área cultural fue tanta la desidia, el clientelismo y hasta la hostilidad hacia el arte y la cultura, que el cambio tendrá que ser inevitable. Eso sí: necesitaremos de las nuevas autoridades que no les tiemble el pulso para deshacer los entuertos, y mucha buena voluntad y creatividad de todos para enfrentar los estragos de la pandemia.

En diversos escenarios se le distingue como una de las principales intelectuales y poetas dominicanas. ¿Qué percepción tiene de su quehacer y de su proyección?

Tu pregunta roza un tema que ha ocupado mi atención no pocas veces. “¿Sabré alguna vez cómo llego a tus ojos/ con mis terrores de huérfana a tus ojos/ o llego la otra que soy?” digo en un poema. Es la diferencia entre el ser y la apariencia, la distancia entre lo que eres, o crees ser, y cómo te ven los demás. En este sentido, a estas alturas de la vida, más que percibir principalía en mi quehacer literario, he reafirmado la convicción de que la poesía es para mí un modo de vida, el principio y el fin de mis afanes, mi disfrute mayor. Soy una lectora compulsiva y una escritora lenta y perfeccionista, lo cual podría sería un problema si me hubiera planteado la literatura desde el quehacer que busca reconocimiento, una relación muy diferente a la que da tanto sentido a mi vida.

No es muy frecuente que las mujeres creadoras se inclinen por el ensayo, pero en su caso luce que fluye bastante bien con el género. ¿Es así o le cuesta?

Quizás porque tuve profesores en la Universidad de La Habana que me transmitieron la pasión por la literatura de ideas, soy una lectora empedernida del ensayo, el centauro de los géneros, como lo definió Alfonso Reyes. De Montaigne a Paz, de Ortega y Stephan Zweig a Alfonso Reyes, Margarite Yourcenar, Steiner y Bloom, Vargas Llosa, Adolfo Castañón, Manuel Rueda o Ramón Francisco, entre muchos otros, fascina el tejido en la página de argumentos, análisis y reflexiones, el destello de la intuición, la diversidad de matices, el ritmo, a veces sincopado, y sobre todo el libérrimo, siempre personal acercamiento a los temas. Acaso porque de tanto leer y gustarme todo tipo de ensayo, no solo los literarios, de tanto conversar con mis ensayistas tutelares sobre literatura, arte, filosofía, historia o política, a la luz del día o de la lámpara al lado del cama, el género no me es ajeno y, ciertamente, no me presenta las dificultades que, por ejemplo, encuentro en el poema.

¿Por qué Pedro Henríquez Ureña, que usted ha estudiado profundamente, sigue gravitando en la cultura?

Pedro Henríquez Ureña es la más alta, inmarcesible figura de la cultura dominicana, la de mayor preeminencia internacional, la más valiosa y abarcadora en las múltiples facetas de su quehacer intelectual. Como periodista, filólogo, ensayista y crítico literario; americanista, maestro y guía de generaciones en todos los países adonde lo llevó su errancia no pocas veces agónica, y donde su magisterio humano dejó huellas que perviven no solo en la obra de sus discípulos, muchos de ellos connotados escritores, sino también en instituciones y proyectos editoriales fundamentales para la constitución de la literatura hispanoamericana.

En la quiebra de valores y en el espantoso deterioro ético y moral que nos aqueja, la obra de Henríquez Ureña y su vida, dedicada sin concesiones al poder, al estudio, al pensamiento y al ideal de una “Patria de la justicia”, son estrellas que nos guían en la noche oscura.

Recupero, por su validez y pertinencia, uno de los momentos más altos de su dominicanidad: las palabras que pronuncia en 1932 con motivo de un homenaje a los Padres de la Patria, durante su corta estadía en Santo Domingo como Superintendente General de Enseñanza, en las que vuelve sobre la idea de los héroes de la patria no como héroes “recibidos entre arcos de triunfo y divinizados en vida por la estatuas”, sino como “héroes de sacrificio, la única especie de héroes legítimos que ha producido nuestra patria”, el ciudadano “frugal de hábitos, claro de ideas, superior a los halagos de la riqueza y del poder”.

De su libro Vuelo posible se ha dicho que es una de las obras poéticas más originales del país. ¿Fue una meta trazada o lo logró sin grandes esfuerzo?

Me sorprende y honra esa opinión. El libro fue publicado en 1994, aunque inicié mi actividad literaria a finales de la década del 60, y en los 70 publicaba con frecuencia en los suplementos literarios de la época. Escribía mucho, y si recopilara la poesía de esa época sería un libro voluminoso. Recuerdo que poco antes de morir Franklyn Mieses Burgos, siempre socarrón, me dijo: “Ay, ustedes los jóvenes! Escriban sí, escriban mucho ahora que después, cuando se pongan exigentes, será mucho más dificil”. Y fue exactamente lo que pasó. Llegué a Cuba en el 75, me lancé furiosamente, sin tregua y sin paracaídas al conocimiento de la lengua y la literatura, y me puse exigente. Comencé a perseguir una expresión, pero no sentía que llegaba a puerto. Fue Manolo –Manuel Rueda–, quien casi me obligó a publicar Vuelo posible. Se lo propuso desde que trabajábamos juntos, yo como su asistente en el suplemento Isla Abierta, del periódico Hoy. En algunos de los poemas creo haberme acercado a la contención depurada que buscaba para expresar lo incontenible, al silencio casi sagrado que bordea el abismo.

Continúe leyendo la entrevista en el siguiente enlace: https://www.diariolibre.com/revista/cultura/soledad-alvarez-la-poesia-es-para-mi-un-modo-de-vida-el-principio-y-el-fin-de-mis-afanes-BG21148988


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