“CUANDO ESCRIBO, SE LO QUE SEA, YO CREO UN MUNDO”

Emilia Pereyra, Diario Libre, 06 agosto 2020

Es uno de los escritores más icónicos de las últimas hornadas de la literatura dominicana, y aunque trabaja como docente y se mantiene afincado en los Estados Unidos no se percibe como un autor “de la diáspora” si bien desde la isla “saltó el charco” precisamente para dedicarse a la escritura.

El caribeño comenzó a cosechar éxitos tempranamente y es el reconocido autor de varias narraciones, entre ellas Candela y Los gestos inútiles (2015), ganadora del VI Concurso Latinoamericano y Caribeño de Novela Alba Narrativa.

Andújar confiesa que siempre escribe para mañana, “con un gran anclaje en el pasado y con la mente calma ante lo presente”. Además, cuando lo hace crea un mundo, “y ese espacio se alimenta de tiempo, pero no tiene tiempo”.

El literato respondió gentilmente varias preguntas de Diario Libre.

Cuentista, novelista, ensayista. ¿En qué campo se siente más satisfacción?

Todos se me mezclan, ciertamente. Pero al repensar esta pregunta confieso que escribir ficciones, crear mundos y personajes… el juego de ver cómo está la ficción en la realidad y viceversa, produce en mí emociones lúdicas y epicúreas. Tanto que en el día y noche uno trata de ser estoico, cuestión de poder disfrutar del momento de la escritura y la lectura sin reproche. En mí no es un acto de rebeldía, sino de placer. Así que la pregunta, acerca de la satisfacción, está muy bien localizada.

En estos largos tiempos de pandemia, ¿cómo lleva el trabajo intelectual?

Trabajo en una universidad, así que hemos tenido que adaptarnos al telecurso, al aula en-línea. Tengo una pequeña biblioteca de uso en mi casa y con ella he podido resolver. Voy a ir pronto al campus a buscar algunas cosas que me hacen falta, ya que allá tengo la mayor parte de mis libros. Aunque ha sido un desafío escribir de esta manera, también he constatado que quien escribe y lee no necesita mucho. Lo que es igual no es ventaja. Por lo demás en estos últimos meses he escrito un poco como siempre lo he hecho: una mezcla entre la vagabundería y el enfoque de un monje pecador.

Ya tiene una importante bibliografía. ¿Intuyó que le iría tan bien en plena juventud?

Desde temprano sabía lo que quería hacer: contar historias. Admiraba a los guionistas de comedia de televisión y miraba El tripletazo los domingos más bien siguiendo las pistas de los guiones, la creación de universos paralelos, no desde un punto de vista matemático o algebraico, otras de mis pasiones, sino desde el punto de vista del cuentero, lo metafórico. Como joven escritor cometí todos los errores que puede cometer alguien que empieza. Tampoco me pude dedicar de lleno a las palabras al independizarme porque me he “ganado la vida” en toda suerte de empleos. Luego de haber experimentado con poesía y otras artes, empecé a escribir cuentos. Una amiga mía envió mi cuento El factor carne al Concurso de Cuento del Banco Central y confirmé un par de cosas, aprendí otras. Allí, José Alcántara Almánzar me recomendó que estudiara, que viajara, que me dedicara a la literatura. Y a trancas y barrancas por aquí estamos.

¿Se ha sentido motivado o frenado por el ambiente intelectual?

Sí y no, en ese orden. Ya te mencioné el caso de José, y como él hay gran cantidad de escritores que me han dado la mano. A todos agradezco. Pero agradezco mucho más las censuras y la mala leche, que también me ha tocado. En ese caso reitero: le agradezco más a los últimos porque uno aprende más de lo malo que de lo bueno.

¿Qué implica coexistir con las generaciones milennial y posmilénica? ¿Tiene esto impacto en su manera de crear y relacionarse?

No le doy mucha mente a eso. Yo siempre estoy escribiendo para mañana. Con un gran anclaje en el pasado, con la mente calma ante lo presente. Pero cuando escribo, sea lo que sea, yo creo un mundo, y ese espacio se alimenta de tiempo, pero no tiene tiempo. Además creo que sería muy arrogante escribir con un “lector o lectora” en mente. Así que mi escritura de hoy son solamente notas, mapas, sugerencias que yo le dejo al lector que seré mañana.

¿Pertenecer a la diáspora realmente aporta otras perspectivas literarias?

No podría decirte. Yo no me considero de la diáspora.

¿Qué le parece la narrativa dominicana actual?

Estupenda. Lo que yo escribo no tiene importancia. Ahora bien, yo me voy con cualquiera leyendo, y hasta les doy gavela. Yo leo todo lo que sale, lo busco, negoceo libros como si fueran droga y así los consumo y hablo de ellos. Digo que si me echara con alguien a las lecturas, yo le diera gavela, pero no por arrogancia, sino por ventaja, ya que si tú en verdad lees más que yo, salimos ambos ganando y se eleva el nivel del discurso. Volviendo más certeramente a la pregunta, respondería diciendo que lo que nuestra joven literatura produce, ha producido, producirá, tiene tanta garra como cualquier otra cosa de calidad que se haga en cualquier lugar. Nuestros complejos nos inducen a menospreciar lo propio, y eso se entiende. En estos tiempos de cinismo adulterado creo que, más que nunca, la verdadera resistencia la haremos desde nuestras propias lecturas. Si no nos leemos entre nosotr@s, nadie nos leerá.

¿Qué encontró en Aída Cartagena que lo motivó a dedicarle su tesis doctoral?

Encontré la clara voz de una maestra. Para un escritor de novelas y cuentos que estaba tratando de darle formas a su voz, Cartagena Portalatín se convirtió en un faro muy claro. Esto fue lo primero. Lo segundo fue curiosidad. Deduje que algo muy grave pasaba en la sociedad dominicana, si se pasaba por alto una autora y una obra de este calibre. Confieso que yo solo he mellado una de las aristas de ese universo y que uno de mis planes es seguir indagando y compartiendo mis opiniones sobre esta autora.

¿Qué repercusiones tuvo la obtención del Premio de Novela Alba Narrativa 2015?

No muchas, pero contundentes. La más importante fue aprehender la idea de que si uno confía en un proyecto, uno puede tirarse por ahí y desarrollarlo. Además es un texto escrito en un axis de mi vida de escritor. Otra cosa importante fue la certeza de que un jurado, con distintas visiones de lo que es Latinoamérica y el Caribe, entendiera que las formas de mi voz caribeña eran compatibles con sus sistemas operativos. Esa clase de conjugación es vital para el que escribe. Me dio la confianza de seguir buscando mi propio mundo y mis personajes.

¿Algunos libros suyos o ajenos lo eligieron y por qué?

Creo que todos los libros que he escrito o que he leído, me persiguen y me encuentran. Tengo la certeza de que eso es así. Uno se resiste a ciertas cosas, claro está, pero la intuición de lector, cuando se desarrolla, te regala con la consciencia de la lectura en el espacio. Entonces ahí es que uno se deja fluir con las lecturas, va escuchando sugerencias que los mismos libros le hacen a uno.

¿Qué pretende tributarle a la literatura?

Nada en realidad. Eso no depende de mí. Ahora bien: me interesa elevar el nivel del discurso en cada interacción.

¿Qué le da la escritura a su existencia?

Un centro. El sentido tan necesario del balance (soy Libra) que requiere lidiar con the filth of life.

¿En qué circunstancias se dijo que sería escritor?

Santo Domingo, Zonal Colonial. Restaurant “El Falafel”, recitando poesía con Lorraine Ferrand, Esar Simó y Milton Félix. Teníamos un grupo de performance llamado Blues en Vértigo. Luego de una de esas funciones dije que me iba para Nueva York a hacerme escritor. Vine de NYC hecho un disparate y reculé en Cabarete, allí escribí mi novela Candela y puse a circular El hombre triángulo. Más que decírmelo, “soy un escritor”, creo que la vida me encontró leyendo, y yo quise, como una muchacha enamorada, ser parte del grupo que hacía esas cosas que yo leía.

¿Qué busca aprender de los otros autores?

Todo. Si un autor me gusta yo me envicio. Robo frases, ritmos, sonidos. La gente sabe, yo he dicho esto a viva voz, que mi búsqueda de un acento narrativo se centra en una amalgama o alquimia que incluye el triángulo Lorca-Lezama-Aída. Después de eso, toda mi obra está basada en una copia, que mi escribir mejora a su gusto. Yo lo digo y así lo he sentido siempre. Creo que nuestros complejos nos hacen pensar que nos somos lo suficientemente “originales” como para admitir nuestras influencias. Lo cual es inútil porque quien escribe está siempre repitiendo algo. Esa es una conversación que tanto Andy Warhol como Raúl Recio han desmontado. La elegancia, la artesanía, es rehacer sin que se note, y si se nota, use la cita. Citar es un arte cultivable e inteligente.

¿Tiene algún ídolo literario o ejemplo a seguir?

Claro que los tengo. Pero mencionarles sería un acto que ellos considerarían obsceno.

¿Cuál es la percepción que tiene de sí mismo como autor?

Tenía una percepción antes, pero eso quedó atrás. Lucho para no pensar en autorías o autorizaciones. Creo que soy un lector que escribe y fluye. El reto está ahí. La ceremonia real es esa. Hay algo en mí que quiere destruir la ceremonia, y otra parte en mí que quiere ser el último Jedi. Ahí vivo, entre el esperpento y el orden.

¿Y cómo se nutre su espíritu creador?

En esta etapa de mi vida, pues cuando tengo suerte escribo muy temprano, luego me entrego a las amables y necesarias interrupciones del día. A veces tomo una siesta a eso de las dos, o releo todo lo que escribí en la mañana. La tardenoche es para lo familiar y lo doméstico. Me gusta hablar de libros e ideas. Gozo un mundo con mis estudiantes, tanto, que no me pensaría de otra manera más que como estudiante/profesor de filosofía e historia. Ahora que me haces esta pregunta pienso en mis personajes: creo que escribo ficciones para vivir con ellos, con ellas, y que hagan las travesuras que a este viejo samurai caribeño ya no le están permitidas.

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