DOS NOVELAS DE LAUREANO GUERRERO

Rafael José Rodríguez Pérez, www.acento.com.do , 6 noviembre 2018 

¿Puede la literatura convertirse en medio de denuncia social, en dedo acusador de los dolores más profundos que aquejan a una región, a una sociedad, a un país? ¿Puede también mostrar en cuerpo y alma al autor que se lanza a la aventura de apresar la existencia? La respuesta, como imaginarán, es afirmativa, pues una obra literaria refleja por fuerza un contexto, un sitio, una época en la cual deberán moverse los personajes para verlos vivir ante los ojos y puedan parecernos creíbles.

Una obra literaria bien lograda es entonces un fragmento de vida “perfecto”, una realidad “otra” construida con palabras, en la cual, milagro sólo logrado por la ficción, lo inabarcable de la vida real se asienta y ordena, reflejando como en un espejo el universo que pretende describir y en el cual afloran no solo las cosas materiales, sino también aquellos intangibles que la completan: atmósferas, angustias, interrogantes, sueños…

Muchas obras literarias, sin que haya necesidad de encasillarlas en conceptos como el de la llamada literatura social, se han erigido en denuncias o pinturas de alguna realidad imperante, mostrando de paso el talento, la moral, las ideas, la estatura humana de sus autores, y como las han descrito desde el arte, han sido más contundentes y eficaces que discursos, resúmenes o libracos de aridez histórica. Los casos famosos sobran.

¿Algún informe o libro de anales ha superado, por ejemplo, la condena contra la esclavitud, y la inmoralidad y degradación que conlleva, como lo logró La cabaña del tío Tom, la novela más célebre de la escritora Harriet Beecher Stowe; o el dedo acusador contra la guerra de Sin novedad en el frente, de Eric María Remarque?

Y ello ocurre porque al decir del nobel peruano, Mario Vargas Llosa, del cual el autor de las novelas que comentamos hoy es un ferviente admirador, solo “la literatura cuenta la historia que la historia que escriben los historiadores no sabe ni puede contar”, sólo ella “dispone de las técnicas y poderes para destilar ese delicado elixir de la vida”.

Laureano Guerrero ha comprendido y asumido esta verdad sin titubeos, y auxiliado por una vocación digna de encomio, que lo impele permanentemente hacia la página en blanco, ha encontrado en la literatura, especialmente en la novela y el cuento, y lo cito: “una manera de decir cosas que solamente así puedo decir: ahí desbordo mis sentimientos, denuncio, protesto contra las injusticias, digo lo que pienso sobre el amor, el deporte y el ser humano en sentido general.”

Doy fe de que esta afirmación es totalmente cierta: Laureano Guerrero, el ser humano, está de forma íntegra en sus cuentos y novelas. Amores Extraños y La Costa, Apartheid dominicano, no constituyen la excepción. Ennoblecidos por la ficción, a veces de manera evidente y a veces sesgada, allí están los dolores, las ideas, las preocupaciones políticas e intelectuales que le hemos visto defender en su conversación diaria, en sus apariciones públicas, en sus artículos periodísticos, y siempre desde una posición tan humilde, sin dejar de ser firme, y de un respeto hacia los otros, que en los tiempos que corren ya nos van pareciendo de otro mundo. Esa coherencia, difícil de lograr, está perfectamente delineada en estas dos últimas novelas. Para quienes hemos tenido el privilegio de conocer al autor, resulta fácil descubrirlo en esa prosa sencilla y vertebrada, que sin ostentaciones estilísticas ni merodeos inútiles va contándonos historias cuya resonancia no habita en cuestiones formales, sino en la tranquila acumulación de evidencias que nos recuerda a cada paso nuestra precaria condición humana, pero, al mismo tiempo, el poder que habita en nuestra toma de decisiones.

Para narrar ambas novelas, Laureano Guerrero ha escogido un narrador omnisciente, el más clásico de todos; pero a diferencia de esos dioses verticales y omnímodos en que suelen convertirse estos narradores, llevando y trayendo por la páginas, como marionetas, a sus protagonistas, este es un narrador bondadoso y sosegado, que muestra por sus personajes tal consideración, que a veces pareciera que les pide permiso para inmiscuirse en sus asuntos. Laureano Guerrero ama a sus personajes. Y se nota. Una viva ternura atraviesa estas páginas como un soplo invisible; y ya sea que describa a un ser íntegro, que toma el partido de la dignidad y las causas justas, o a un ogro solapado sobre el que han triunfado los demonios políticos y la maldad más pura; tiene para ambos una especie de compasión implícita y como de advertencia, que nos recuerda aquel antiguo adagio de que no hay nadie tan  bueno que no pueda perderse, ni tan malo que no pueda salvarse.

En Amores Extraños, Laureano da muestras además de algunas técnicas y procedimientos narrativos bien asumidos. Dentro de la historia principal, que es la del amor de los dos personajes de clases sociales antagónicas: Faruk y Nicole; el narrador omnisciente cede cada cierto tiempo su trono, y un nuevo narrador, el propio Faruk, comienza a intercalar historias dentro del relato madre. Desde el punto de vista técnico, confluyen aquí dos cuestiones de especial interés, la primera es lo que llamamos una muda espacial, es decir, un cambio certero del narrador, que baja de su alto pedestal, y se instala en la primera persona para relatarnos otros sucesos; y es esta precisamente la otra cuestión técnica, denominada por los especialistas Vasos Comunicantes, es decir, historias que sin pertenecer a la historia madre, se desprenden de ella y en algunos casos la influyen y modifican. Así, en Amores Extraños, además del drama de su propio amor por la hija de un ministro en funciones del régimen que adversa,  Faruk nos va enterando de las cuitas del Escribidor, La Extranjera, El americano y El oficinista, entre otras. Hay sin dudas una delectación narrativa en esta novela, el ánimo expansivo de articular relatos que enriquezcan la historia principal y acaso nos distraigan un poco de su drama y función. Al asumir tales procedimientos, que los autores modernos han perfeccionado, pero no inventado, el escritor se adscribe a una larga tradición de deudas literarias que nos vienen en línea directa de algunas obras cumbres de la literatura mundial, especialmente de Las mil y una noches y del Quijote, en las cuales fueron usadas con profusión y eficacia sin par.

Fácil es reconocer, además, la influencia en esta obra de dos novelas de Mario Vargas Llosa donde el peruano hace gala de la genialidad que lo ha convertido en el técnico vivo más grande de la lengua, y en las cuales también intercala relatos, de los cuales se deprenden otros, y luego otros, hasta lograr un cosmos que no ha sido superado hasta hoy, me refiero a las obras El hablador y La tía Julia y el escribidor.

Lo mejor de todo es que Laureano Guerrero, tal como debe ser, tiene plenamente asumidos a sus maestros, y los defiende en público con la misma pasión con que se aplica a escribir novelas. En esta actitud, al parecer muy simple, existe también una grandeza implícita, pues es bien sabido que muchos escribidores, olvidando a quién deben y de dónde provienen, se afanan demasiado, inútilmente por supuesto, en negar influencias o en denigrar valores que están estatuidos desde que el mundo es mundo.

La costa y Amores extraños tienen también otros valores añadidos, con énfasis notable en las ideas que dieron principio a estas líneas, y es su carácter de denuncia, desde la literatura, de situaciones sociales y políticas que laceraron la historia reciente del país, algunas de las cuales llegan hasta nuestros días.

En Amores extraños está descrita, a través de la historia de amor de los personajes, todo el horror, pero también la gloria, de la convulsa década del 60, en la cual se vivió no solo el fin de una sangrienta dictadura, sino además, entre otros muchos sucesos, una guerra civil en la cual el pueblo dominicano tomó verdadera conciencia de su poder. Tiempo de sangre, de injusticias e idealismos en los que se inmoló, luchando contra las viejas estructuras del poder y la intervención extranjera, lo mejor de la juventud dominicana de entonces.

La novela está llena de ese dolor y esas hazañas, y el hecho de que el amor de los protagonistas florezca justamente en medio de la sordidez de una cárcel, y de que sus actores pertenezcan a clases antagónicas, se vuelve una poderosa metáfora que valida la esperanza y reafirma la libertad individual de los seres humanos de escoger su propio camino.

Mientras Faruk, Rafael Espinal y sus demás colegas condenados por cuestiones políticas, representan al país profundo, a la dignidad y al futuro, el ministro Sbrissa, padre de Nicole, es un frío asesino solapado que simboliza, por su parte, lo peor de todos los sistemas, una eminencia gris que es inmovilidad, intolerancia y crueldad… Nicole Sbrissa es en cambio la ingenuidad, que le es arrancada de cuajo cuando finalmente el amor y la cruda realidad terminan por abrirle los ojos. La progresión de su personaje hasta colocarse en las antípodas: negación de su propia clase social con el enfrentamiento frontal a su padre y a lo que representa, es uno de los logros innegables de esta novela.

Cuando Nicole Sbrissa grita a su madre: “¡Este es el colmo del cinismo! ¿Cómo puedes, madre, justificar el estilo de vida que hemos llevado (…)? ¿Cómo es posible acudir a los principios para justificar un régimen de oprobio? ¿Cómo es posible vivir tranquilo cuando cada día te asocias con matones para que enfrenten a hombres y mujeres que lo único que hacen es luchar en contra de las injusticias, por un régimen más humano y democrático?”; asistimos ahí a una ruptura definitiva de estructuras mentales y sociales que, sospechamos, más temprano que tarde, barrerán definitivamente con cualquier podredumbre. A partir de ese instante, Nicole Sbrissa está ganada para el futuro, y aunque los monstruos de la maldad y del pasado sigan golpeándola, y muy duro, ella ya no se rendirá jamás, porque ya sabe, con certeza, de qué lado está la razón. Nicole Sbrisa y el hijo producto de su amor con Faruk, representan al país posible, al país por venir que se alzaría por encima de toda la sangre y el horror de esos años.

Por su parte en La Costa, Apartheid dominicano, Laureano logra también la creación de un personaje entrañable, al que llegamos a admirar a través de sus acciones, en cumplimiento de un estupendo mandato literario que reza: “Muéstralo, no lo digas”. Ver actuar al míster Baker de la Costa, cuya inamovible actitud ética ante la vida le brinda una dureza de roca sólida, nos recuerda que aún en medio de la ambición desmedida, del boato inútil, de la corrupción y la mentira, hay hombres ciudadelas, hombres columnatas que sostienen en alto las esencias humanas y honran a la especie.

Es sintomático además que Laureano ponga esas acciones, y esas reflexiones en torno a la apropiación de toda una provincia por una empresa extranjera, impuesta a sangre y fuego, precisamente en una persona que, a juzgar por su verdadera ciudadanía, formación y posición, pertenece a esa maquinaria de privilegios, una maquinaria que desprecia pero a la que sirve de modo estrictamente profesional, sin mezclarse nunca más allá y sobre todo sin renunciar a sus preceptos morales bajo ninguna circunstancia, aunque oportunidades no le faltaron.

Sin embargo, a pesar de sus creencias y preferencias francamente inclinadas hacia el pueblo, hacia el cese de las injusticias y vejaciones, que incluso en algún momento de la vida lo llevan a proteger a varios jóvenes perseguidos; y a rehacer su vida matrimonial con su propia sirvienta, el entorno excluyente, viciado y prejuicioso en el cual a pesar de él crecen sus dos hijas mayores, pasan una alta factura a Míster Baker, destruyendo su paz y su reencontrada felicidad junto a Carmen y su pequeña hija Carmen Luisa.

Su sentido del honor y de paternidad responsable, le impide por un lado imponer a sus hijas mayores una convivencia que detestan, y por otro, que Carmen Luisa y su madre continúen sufriendo vejaciones y desplantes de todo tipo. Acepta así una separación que le arranca el alma; pero que en verdad, lo comprendemos luego, resulta un plan maestro para salvar a Carmen Luisa, alejándola de la mediocridad y del materialismo enfermizo de aquel apartheid dominicano.

Míster Baker inmola su propia felicidad en pos de la de Carmen Luisa, en quien veía reunidos todos los valores, tanto físicos como espirituales, que lo purgarían a futuro de todas sus penas. Así, a lo largo de los años, Míster Baker alimenta cada fin de semana una relación cada vez más especial con su hija, educándola en los valores que ha defendido toda su vida. Sólo a  través de Carmen Luisa, Míster Baker se realizará plenamente: ella crecerá en belleza, aprenderá idiomas, se convertirá en una profesional competente y finalmente encontrará el amor verdadero; mientras que sus hermanas, con las mismas o mejores posibilidades, serán devoradas por la superficialidad y mezquindad de su propio entorno, convirtiéndose, ante la ya evidente superioridad y autenticidad de su hermana mestiza, en tristes caricaturas.

Cuando al final de la novela, los novios comunican al padre que no irán a la  fiesta de fin de año en el club millonario porque prefieren acompañarlo; mientras las otras hijas corren como campanilleras hacia el fasto y las luces, y el padre, abatido, pronuncia su lapidaria frase sobre los gusanos, el lector se da cuenta de que Míster Baker vuelca en tal frase toda su frustración y desprecio por aquel “apartheid” y sus consecuencias nocivas en aquellos que se dejan cegar; pero también que ya tiene a sus espaldas, a punto de abrazarlo, a su única y definitiva revancha: la existencia y el cariño de Carmen Luisa lo redime. Comprendemos entonces que el plan de Míster Baker fue perfecto: el amor y la dignidad terminan imponiéndose sobre lo áspero y feo del universo humano, si uno persevera lo suficiente.

Recibamos entonces, en el coro creciente de la literatura dominicana, a esta Costa, vedado paraíso, y a estos extraños amores de Laureano Guerrero. Hagámoslo conscientes de lo que son y lo que significan: símbolos inequívocos de tesón personal, de vocación y de absoluta libertad creadora; y la Libertad, bien lo sabemos, merece ser realzada y repartida.

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