DE EDITORES, DIOSES Y DELIRIOS

José Fernández Pequeño, www.palabrasdelquenoesta.blogspot.com , 5 junio 2016

Ocurrió a finales de los sesenta. Cerca de Jiguaní, en Cuba, se construyó un curioso complejo para dirigir la zafra azucarera en la provincia de Oriente. Lo novedoso de la instalación radicaba en que, además de oficinas, salas de reuniones, almacenes, centro de estadísticas, etc., contaba con áreas especializadas para entregarse a la lectura, la creación artística y la práctica deportiva.

Quienes allí laboraban –dirigentes, burócratas y profesionales; secretarias, choferes y mensajeros– debían dedicar parte de su tiempo a tan edificantes actividades. Los ideólogos de la política cubana confiaban en que un día la humanidad miraría con asombro hacia aquel agreste punto del planeta porque allí se incubaba el hombre integral: incansable trabajador, sagaz para las lides del pensamiento, artista innovador, valiente patriota y tenaz competidor. Todo eso junto y para envidia de los dioses.

Un delirio semejante parece estar creando ahora mismo el desarrollo tecnológico que nos deslumbra. Libros digitales; softwares para la edición, diseño y diagramación; abaratamiento de los sistemas de impresión; posibilidades inauditas de promoción a través de blogs, redes sociales, etc.; plataformas para que usted mismo publique sus libros en Internet, tiendas on line; en fin, una renovación capaz de hacernos creer que los límites no existen y que, por decreto tecnológico, todos somos escritores, editores, diseñadores, diagramadores, correctores, publicistas, especialistas en mercadeo y cualquier otra cosa que fuere necesaria. De ahí a la idea de que los editores son una especie en extinción, condenada a muerte por el advenimiento del novísimo hombre integral, va menos de un paso.

A mi manera de ver, el único cambio realmente notable que se deriva de la nueva circunstancia es la ruptura del monopolio que hasta no hace mucho mantenían las editoriales en la decisión de qué se publicaba y qué no. Cualquier autor de no muy cuantiosos recursos puede convertir hoy su original en libro sin esperar por el visto bueno de un comité de lectura ni por los auspicios de una editorial. Puede además, si lo desea y tiene tiempo, promocionar su obra, mercadearla, controlar la venta y cobrar cantidades de dinero posiblemente muy superiores al por ciento que cualquier editorial le concedería. Es decir, el autor se convierte en su propio empresario. Pero, hasta ahí, estamos hablando de autopublicaciones, no de autoediciones.

Editar es otra cosa. Es el proceso especializado que convierte el original al código específico del libro y le permite dialogar en óptimas condiciones con los lectores, el mercado y el resto de las publicaciones. Claro, está también la siempre necesaria corrección ortotipográfica del texto, pero el trabajo de edición va mucho más lejos. Se produce a través de una compleja relación entre autor y editor cuyo objetivo es el mejoramiento del original a todos los niveles: conceptuales, estilísticos, comunicacionales, etc.; algo para lo cual la experiencia y la perspectiva externa al acto creativo que porta el editor sigue resultando invalorable. Autoeditarse sería poder realizar esa labor sobre el original propio y estoy seguro de que, incluso entre los escritores más profesionales, pocos poseen la aptitud y, sobre todo, el distanciamiento frente a la escritura propia que exige tal labor.

Como cualquier otro profesional hoy, el editor tiene que adaptarse a un contexto que cambia con pasmoso dinamismo. En la misma medida que el código del libro digital se complejiza y el libro impreso busca recursos expresivos para sobrevivir, se hace más necesaria la intervención de profesionales en condiciones de propiciar que los discursos exploten con mayor eficiencia posibilidades comunicativas que hasta hace poco pertenecían a los más delirantes sueños. El centro del asunto sigue estando donde siempre. Luego de haber escapado a la tiranía de las editoriales, toca al autor decidir si quiere que su libro sea un producto bien hecho o un bodrio.

Hace poco, el escritor dominicano Frank Báez me solicitó un artículo sobre este tema para la revista Global. Tratando de cumplir, me dediqué a revisar libros “autoeditados” por autores de mi entorno, tanto aquellos que así lo declaraban, como muchos que escondían tal condición alquilando un sello editorial fantasma. Salvo contadas excepciones, el resultado fue lamentable. Y que conste, no me refiero a la calidad intrínseca de los textos –en eso, como siempre, había para todos los (dis)gustos–, sino al desconocimiento de las interioridades que forman el código del libro, esos signos, estructuras y recursos que usted necesita dominar, mucho más si aspira a innovarlos.

Esta reflexión, además, se apuntala en otra experiencia reciente. Durante las últimas semanas he estado trabajando en la preparación de mi libro de cuentos “El arma secreta” con el equipo de la Editora Nacional de la República Dominicana que dirige el poeta León Félix Batista. No sé si de ahí saldrá un buen libro –al menos, no soy la persona más indicada para juzgarlo–, pero sí puedo afirmar que será mejor de lo que el original prometía gracias al diálogo del autor con el equipo editorial, algo que me refuerza una convicción cada vez mejor añejada: treinta y tantos años ejerciendo como editor no garantizan que editarme a mí mismo sea la mejor opción.

Volviendo al principio, debo aclarar que aquel novedoso centro de dirección de zafra ubicado en la zona de El Yarey pasó a ser tiempo después una escuela de instructores de arte y, si no miente el cartel que han colocado en la carretera central, es hoy un centro turístico. La idea de los vacacionistas echados al sol en el mismo lugar donde debió brotar el hombre integral que el afán político concibiera me refuerza otra convicción esencial: cada vez que el ser humano ha intentado emular a los dioses, lo único que ha logrado es distanciarse de sí mismo.

http://palabrasdelquenoesta.blogspot.com/2014/06/de-editores-dioses-y-delirios.html

NOTA DE BUENA LECTURA: El siguiente enlace contiene el aludido artículo que Frank Báez le pidió a José Fernández Pequeño para la revista Global, titulado "Y a fin de cuentas, ¿para qué sirve un editor?":

http://revista.global/y-a-fin-de-cuentas-para-que-sirve-un-editor/


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