ENTREVISTA CON EUGENIO GARCÍA CUEVAS

Luis Beiro, Ventana, Listín Diario, 13 marzo 2016

1- Cuándo cómo y en qué circunstancias emigró usted a Puerto Rico.

En abril de 1979 salí de La Vega rumbo a Puerto Rico, vía Santiago de los 30 Caballeros. Antes de ese viaje mis únicos contactos con una metrópolis habían sido uno que otro desplazamiento esporádico a Santiago y a Santo Domingo.

Estos viajes los había realizado con mi padre, quien antes de irse legalmente a Puerto Rico, en 1972, se desempeñaba como chofer de carro público.

Cuando salí de La Vega todavía no había completado los estudios de escuela superior (Bachillerato) y mis conocimientos sobre literatura eran muy limitados. Había leído -como un escolar más-, a los autores nacionales y extranjeros que se daban en los programas de las escuelas públicas del país y algunos libros políticos y biográficos, más algunas novelas de García Márquez. Lo que sí había leído en demasía eran novelitas de Marcial Lafuente y rumbas de muñequitos o paquitos de todas las marcas. También había leído pasajes de la Biblia, texto que había manejado en el catecismo bajo la custodia de los sacerdotes salesianos que llegaron al barrio Domingo Savio, de La Vega, a orientar a los niños y jóvenes con potencial de descarrilarse, entre los que me encontraba yo.

Más o menos un año después de mi padre irse a Puerto Rico, fui llevado como aprendiz a una sastrería en donde fui discípulo de uno de los hombres más inteligentes, metódicos y sensatos que he conocido en mi vida, cuyo nombre es Bienvenido Colón Jiménez. Creo que éste, sin ser escritor ni político y sólo siendo un modesto maestro de sastrería –hoy sacerdote– fue una de las personas que más influyó en esa etapa de mi vida de manera fructífera. Las vivencias de la sastrería fueron axiomáticas para descubrir posteriormente mi inclinación por la escritura; sólo que en aquel momento yo no lo sabía. Eso lo vine a saber luego, ya en Puerto Rico en mi condición de migrante.

Recuerdo que a muchos de los sastres de los que que conocí les gustaba tertuliar de manera espontánea y desordenada sobre lo que tiempo después vine a saber que se nombraba como relato oral.  Aquellos sastres, de lo que también terminé siendo uno más, leían periódicos y escuchaban mucho la radio. Por la sastrería pasaban mucho tipo de personas: campesinos, maestros y profesores, mendigos, estudiantes, médicos, sacerdotes, amas de casa, borrachos, sirvientas, vagos, cocineras, desempleados, empleadas domésticas, chiriperos, adivinos y adivinas, homosexuales, buhoneros, abogados, ancianos, niños, prostitutas, chulos, albañiles, carpinteros, amargados, enfermos mentales, tullidos, mancos, revolucionarios, políticos, embusteros, poetas, soñadores, melancólicos, cantantes frustrados, deportistas, músicos, estafadores, paqueteros y ladrones, entre otros tipos de gente. A los 15 años ya era pantalonero y asistía por las tardes y parte de la noche al liceo Don Pepe Álvarez. También me las arreglaba para ir de caza y pesca por los montes de Terrero y la Loma de Guagui con mi amigo Ricardito Abreu y Cachachín.

Subrayo, sin embargo, que por las tablas de las máquinas de pedales de entonces también cruzaban libros de diversas disciplinas y muñequitos, como ya te he dicho. También se escuchaban y cantaban canciones de casi todos los géneros… Creo que a mí la poesía me entró primero por los oídos que por los ojos. Cuando ingresé como novicio a la sastrería, que para entonces era una especie de taller al estilo medieval -con todas sus jerarquías-, y con menos de 80 libras, nunca pude imaginarme que allí me preñaría de los silencios, los ruidos, las palabras, los gestos, los rituales, los tonos, la disciplina, las bondades, las mañas, la camaradería, las canciones y otros olvidos y recuerdos innombrables, que algún día me empujarían por el mundo de la palabra escrita.

En cuanto a lo que tiene que ver con la literatura como institución y disciplina como tal, sí recuerdo, que un día un maestro de español llamado Leocadio, hablando de Pedro Henríquez Ureña dijo que este había sido el mejor ensayista dominicano. Yo no sabía lo que era un ensayista, no podía saberlo a los 12 años. La cuestión es que a mí me fascinó esa palabra aún sin saber su significado al grado de que otro día, especulando con otros aprendices sobre lo que a uno le gustaría ser en el futuro le dije que me gustaría ser ensayista. Repito que cuando dije eso todavía no sabía lo que esa palabra significaba.

Yo crecí en el periodo posterior a la invasión norteamericana de 1965 y tras la instauración de la dictadura de los doce años de Joaquín Balaguer. Creo que mi generación es hija enredada y turbada de la represión en las escuelas y de la militancia política temprana. Creo que nosotros fuimos empujados a entrar prematuramente a la lucha ideológica, tal vez cuando apenas empezábamos a formarnos intelectualmente. Llegue a participar en enfrentamientos con piedras con la policía. Ya antes de los 15 había respirado gases lacrimógenos de los que nos lanzaba la policía de Balaguer y vi desaparecer para siempre a gente de La Vega. No creo estar en condición de determinar si esa madrugada de lo político resultó beneficiosa o perjudicial para los que hemos seguido en estos quehaceres, ya sea a través de la política abierta e indirecta o por medio del quehacer imaginario o concreto.

2- Cómo fueron sus primeros pasos allá, dónde trabajó antes de iniciarse en el mundo de las letras.

Lo cierto es que a mí no me quitaba el sueño irme del país. Fue una decisión de mi padre. Un buen día me llevó al consulado americano y me dieron la visa de residencia… El llegar y quedarme en Puerto Rico, como migrante constituyó un cambio radical en mi vida y hoy no estoy muy seguro, si de haberme quedado en República Dominicana hoy día fuera agrónomo, veterinario, seguiría siendo sastre o tal vez nada de esto. Uno nunca sabrá lo que pudo haber sido, ya que el futuro es siempre contingencia. Tal vez si en 1979 me hubiese marchado a vivir a los Estados Unidos o a algún país europeo o africano pudiera ser más templado en mis expresiones, pero resulta que me fui a vivir a un país cercano geográfica, cultural y lingüísticamente.

De manera que no me es posible pensar en mi ejercicio de la escritura desechando los años que he vivido -primero como extranjero y luego como ciudadano-, en Puerto Rico. Se trata de un país, al que pese a todos los posibles malos entendidos, le debo más de la mitad de lo que soy. He aprendido a vivir en él, me siento parte de él, y todo lo que sucede también me pasa a mí. Aún con todas sus perfecciones e imperfecciones, perversiones y bondades, celebro sus glorias y sufro sus desdichas como un ciudadano más de este país. Tengo 37 años viviendo aquí.

A mi llegada a Puerto Rico, una tarde soleada de abril me invadió una melancolía, y carga de lejanía que nunca había experimentado en mi vida. No obstante, durante los días subsiguientes empecé a amansar ese desasosiego con la idea de que mi estadía en esta isla sería provisional. Entonces diseñé un plan muy simple: trabajaría como un burro, me privaría de ciertos consumos, ahorraría dinero suficiente y regresaría a la República Dominicana a poner una granja de gallinas ponedoras de huevos para sostenerme mientras estudiara en la UASD. Sin embargo, no me di cuenta que ya estaba metido en la trampa en las que habían caído muchos de los que un día también se fueron antes. Lo provisional se le fue haciendo permanente y quedaron atrapados quizás para siempre. Ese era el caso de mi padre y de otros que ya conocía.

Al otro día de mi arribo a la Isla del Encanto ya estaba trabajando como dependiente en un colmado y como ayudante de fumigación con mi padre que era uno de los varios empleos que ejercía. Poco tiempo después me fui a una sastrería que era lo sabía hacer. Me llevó Radamés, un sastre dominicano de Licey al Medio. También terminé mis estudios de escuela superior a través de exámenes libres y en 1980 ya estaba en la universidad. Mientras estudiaba trabaje en varios talleres de sastrería y tiendas de ropa para hombres. Me gradué en 1984 en Literatura e Historia.

3- ¿Cuáles fueron sus primeras experiencias literarias, cómo y dónde comenzó a ganarse la vida como escritor.

En cuanto a escritura se refiere los primeros años en Puerto Rico fueron fértiles en la producción de cartas, le escribía a los amigos, a mi madre y a una que otra muchacha… Al hablar de esta experiencia pienso que todo estudio serio de la literatura producida por la diáspora dominicana debería tomar en cuenta el género epistolar colectivo. Sospecho que de manera secreta, es tal vez ahí donde residan muchos de los mejores textos literarios, poéticos, humanos y miméticos de la literatura dominicana producida en el exterior. Ese es un trabajo que algún día alguien, o un equipo de investigadores, tendrá que hacer.

En los primeros años en Puerto Rico, trabajando siempre como sastre y siendo ya estudiante universitario, fue que empecé a escribir poemas alusivos a los recuerdos del barrio. Creo que conservo algunos de estos textos, pero no estoy seguro si valga la pena publicarlos algún día como una muestra de escritura antropológica y testimonial… Eran los años en que empezaban a generarse los trágicos viajes en yolas hacia Puerto Rico. Lo que escribí en ese periodo se centraba en el desarraigo, eran las zozobras de un lirismo llorón que muy bien podrían ser interpretados por cualquier bachatero.

Sólo uno de estos trabajos fue publicado en una revista puertorriqueña. Era el primer texto poético que publicaba en mi vida. Se trataba de un poema de corte romántico, centrado en la tragedia de un naufragio sucedido en la costa de Cabo Rojo, al oeste de la Isla. El poema llamó la atención de los editores de la revista La Torre del Viejo que editaba y dirigía el profesor Pedro Juan Rúa. Eran los años en que todavía se predicaba la hermandad caribeña y latinoamericana. Los nombres de Hostos, Bolívar, Martí, Betances, Luperón, Máximo Gómez, Pedro Albizu Campos, Juan Bosch, Pedro Mir, entre otros, todavía estaban vivos.

De manera que publicar ese poema en la revista La Torre del Viejo en 1981, constituyó para mí un estímulo y ejemplo de la solidaridad antillanista. Se hablaba en esos términos, algo que poco a poco fue luego desapareciendo. Recordemos que se trataba de un tiempo en donde todavía se tenía fe en el futuro de la clase trabajadora y de los pobres. Eran los tiempos de los relámpagos –hoy apenas con electricidad– de la solidaridad y la militancia internacional. Creo que a nosotros los dominicanos en la Isla Borinquen se nos miraba como parte de un todo interisleño.

Desde mi llegada a la Isla tuve deseos de conocer lo que constituía su historia, su manera de representarse el mundo y de sentirlo. Me sentía en la obligación moral y ética de intimar con el pasado del país donde rápidamente empezaba a conocer gente que me acogía. Aquí debo mencionar con devoción al poeta y amigo Gilberto Hernández y al profesor puertorriqueño Mario Rodríguez, el maestro más determinante en mi formación y destino intelectual. En los dos primeros años, creo que ya había leído textos históricos y literarios fundamentales sobre la historia y la literatura puertorriqueña.

Debo decir, además, que había empezado a cooperar con algunos grupos que se identificaban con la independencia de Puerto Rico, las utopías socialistas y las luchas de los pueblos de Centroamérica y el Caribe. Predicaban que el futuro de todos nuestros países estaba en la hermandad, la cooperación, la solidaridad, la confraternización y en seguir el ejemplo de la revolución cubana. Yo también me adherí como algo natural a ese paradigma. Empecé e militar en los grupos de izquierda de Puerto Rico. Todo esto pasaba mientras siempre me desempeñaba como sastre para garantizarme la reproducción de la vida material propia y enviarle dinero a mi madre y hermanos más pequeños que todavía vivían en La Vega. Estas responsabilidades las conjugaba con mis estudios de literatura e historia en la universidad y por cuenta propia. Siempre he sido más autodidacta que académico formal.

Junto a los miembros del Taller de Formación Política, también participaba de un consistente plan de estudio de literatura política marxista y filosófica. Fue en ese contexto que se afianzó en mí una razón caribeñista y socialista. Digo esto porque mi participación en la militancia política dominicana no había pasado de ser espontánea y hasta impuesta por las circunstancias de la represión de los 12 años de represión balaguerista, como ya te he señalado. Fue también en esa coyuntura que empecé a preguntarme política y existencialmente por mi país.

Nació así en mí un deseo insaciable por saber cada vez más del país donde había nacido. Esto porque en los grupos en que participaba se me preguntaba continuamente por lo dominicano. Había un interés genuino. Me veía obligado a consultar los pocos libros que sobre la República Dominicana existían en la biblioteca de la Universidad. Fueron años de mucho estudio y trabajo. Tenía un apetito feroz por instruirme. Estaba inmerso en una fragmentación de la que creo que nunca más me he curado.

En un momento dado empecé a escribir y a publicar ensayos políticos, con otro nombre, en algunas publicaciones políticas puertorriqueñas y otros para leer en actividades cerradas a modo de charlas. La ocultación del nombre se debía a que como dominicano no se suponía que participara en actividades políticas de índole agitadoras o radicales. Fueron varios los artículos que publiqué sin mi firma en algunas revistas de izquierda. Eran los años duras de las guerrillas en Centroamérica y aquí hubo muchas actividades de solidaridad.

Conjuntamente con esta acción, seguía escribiendo poemas bajo el imperio del apresuramiento. Recuerdo que muchas veces escribía en retazos de telas de las sastrerías y tiendas donde laboraba. Mientras actuaba sentía que cada vez se hacía más obligatorio conocer a fondo a los escritores dominicanos y puertorriqueños. De los primeros años en Puerto Rico fue mi deslumbramiento y lectura sistemática de Pedro Mir, Juan Bosch, Julia de Burgos, Emilio S. Belaval y Luis Palés Matos, entre otros y otras. Mi hermana Maritza, ya fallecida, me ayudó en esto ya que se había hecho de una pequeña biblioteca personal. Ella llegó antes que yo a Puerto Rico.

En ese contexto donde me vi en la necesidad de tomar conciencia de lo que para aquel entonces se entendía como dominicano. La distancia me obligaba al autoconocimiento y a comprometerme con querer lo mejor para lo que consideraba que era mi país. Me sentía átomo de un colectivo lejano y otro cercano, igualmente parte de las luchas que llevaban a cabo los puertorriqueños por alcanzar la dignidad política y humana. Fueron años también de mucha militancia concreta a marchas, piquetes y mítines. Simultáneamente ingresé como circulista al Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Luego de pasar por todas las fases formativas me juramenté como miembro del Partido de la Liberación Dominicana. Fui miembro del Comité de Base # 3. El trabajo de base en el partido contribuyó enormemente a entrar en un contacto más directo con otros sectores de la comunidad migrante dominicana en PR. Participaba los domingos, mayormente, de lo que antes se llamaba esfuerzos concentrados. Conocí y compartí directamente con Juan Bosch y a algunos miembros prominentes del partido, hoy todos gente muy poderosa, pero que en aquellos años eran “picacácaras” económicamente. Nosotros los buscábamos al aeropuerto y los llevábamos de un lugar a otro.

Mientras me desplazaba por ese mundo político, social y concreto también seguía cultivando el mundo interior de la expresión literaria. En esa coyuntura había nacido un compromiso: se iniciaba en mí la necesidad de dar a conocer a los escritores dominicanos en Puerto Rico ya que la literatura dominicana no tenía la misma difusión que tenía la de otros países de habla hispana en suelo puertorriqueño, incluso en la academia. Sólo los nombres de Pedro Henríquez Ureña, Juan Bosch y Pedro Mir eran mencionados por los más especializados… Eran los años dorados de la música nuestra en el exterior y al dominicano se le veía folclóricamente como sinónimo de merengue, mangú y Cerveza Presidente.

Quise hacer una antología panorámica de la literatura dominicana, dirigida exclusivamente al público puertorriqueño, proyecto que se quedó trunco ya que no encontré los medios para realizarlo. Necesitamos la conspiración de los sueños. Veía como urgente este proyecto porque había aprendido a valorar la cultura puertorriqueña, latinoamericana y mundial. Estaba seguro de los vasos comunicantes entre ambas culturas y países.

Mientras todo esto sucedía en mi interior, las olas de dominicanos ilegales seguían llegando a Puerto Rico. Se acercaba el fin de la Guerra Fría y un buen día éramos muchos, la prensa, la televisión y la radio empezaron ser hostil hacia el dominicano. Se le acusaba de ser responsable del desempleo y de los males sociales. Mi interés se volcó entonces hacia el entendimiento humano de este fenómeno que resultaba muy doloroso ante mis ojos. Escribí poemas en torno a esto que nunca di a la luz pública. Era muy tímido para publicar, amén de que nunca pude participar de ningún taller o grupo literario en PR ni en RD que era donde estaban la gente que podían canalizar las publicaciones a través de sus revistas. No tenía el tiempo para asistir a talleres ni reunirme con grupos literarios. Tenía que trabajar para vivir y estudiar para formarme. Digamos que me quedé en el aire. De ahí la complejidad de algunos historiadores y críticos literarios para ubicarme generacionalmente.

En mi poemario “Estaciones encontradas”, hay algunas huellas de este estado de desazón y de malestar con el que andaba. En esta nueva situación, todas las palabras que me asediaban desembocaban siempre en el tema del desarraigo y la exclusión, es decir, el aquí y el allá, la cercanía y la lejanía, la presencia y la ausencia… Bueno, luego de hacer mis estudios de maestría en Literaturas Hispánicas viví una cortísima estadía en Nueva York, pero regresé rápidamente y terminé dando clases de español y literatura en colegios privados y en el sistema de enseñanza pública de Puerto Rico.

4- Como investigador y crítico, cómo se mantiene usted al tanto de la literatura dominicana, ¿Viaja usted con frecuencia al país en busca de sus raíces, de su familia, de sus amigos?

Ya desde mi primer año en Puerto Rico, debido a la carencia actualizada de fuentes de estudios sobre la República Dominicana, cada vez que regresaba al país me dedicaba a ir a las librerías de la capital, La Trinitaria mayormente de Virtudes Uribes, y otros lugares del país a buscar libros y regresaba a Puerto Rico con las maletas sobrecargadas de ellos. Me hice de una biblioteca dominicana personal sustanciosa. Ese vicio de los libros y de otros tipos de publicaciones ha seguido desde aquellos años. Antes, cuando no existía internet, aquí llegaban diariamente en Dominicana de Aviación todos los periódicos dominicanos, y la Revista Ahora, los lunes. Compraba diariamente al menos dos periódicos y la revista la procuraba todos los lunes. Leía, además, Vanguardia del Pueblo. Hice, también, una suscripción del periódico “Hablan los comunistas”, luego llamado “Abril”, bajo otro nombre, y también un activista del PACOREDO, me llevaba personalmente su periódico “Despertar”.

Hacía archivos de recortes de los periódicos por temas. Llegué a tener cajas y cajas de recortes. Iba por lo menos una vez al año al país y fui haciendo contactos con libreros, editoriales y fundaciones que me enviaban novedades y yo les enviaba los pagos. Me gastaba mucho dinero, pero era la única manera de mantenerme algo al día, por lo menos documentalmente, en cuanto al acontecer histórico, literario y la actualidad de mi país.

Después de Internet todo lo informativo se ha trastocado, no así las publicaciones de libros. Todavía cuando voy al país traigo muchos libros, amén de que se han creado bibliotecas virtuales muy útiles, aunque no necesariamente al día como la del Archivo General de la Nación (AGN), que es una excepción en cuanto a poner a la disposición del público todas sus publicaciones. La Editora Nacional también es bastante efectiva en cuanto a las novedades… Siempre he viajado por lo menos una vez al año al país. Es la manera de mantenerme en contacto con mis orígenes y con los amigos antiguos y los nuevos que he ido sumando.

5. Usted trabajó algunos años como periodista, pudiera relatarnos esa experiencia, sus penas y glorias dentro de ese oficio.

Bueno, antes de entrar al periodismo profesional publiqué uno que otro artículo, pero fue propiamente a principio de los 90, siendo todavía maestro en las escuela pública de Puerto Rico, habiendo sido becado por la Fundación Ortega y Gasset, en España, y  ya terminado mi maestría en Estudios Hispánicos que entré a trabajar como corrector al periódico El Nuevo Día. Ya en las escuelas que había trabajado había hecho con los estudiantes algunos periodiquitos escolares para estimular a los alumnos a escribir. Entré a El Nuevo Día como corrector. Fue un trabajo importante en términos de aprender a buscar los errores, ya fueran ortográficos o sintácticos en una historia, amén de aprender a leer de una manera más rápida y aguda con la paranoia de buscar errores. Entraba a trabajar a las cinco de la tarde y salía entre las once y doce de la noche. Al otro día tenía que estar en la escuela a las ocho de la mañana. El trabajo de corrector es el más ingrato de un periódico. Solo existe cuando se te va un error. Puedes recibir una historia con cien errores, corriges 99 y solo se te toma en cuenta si se te va uno de 100. Existes por el error y para el error.

Mientras trabajaba en el Departamento de Corrección empecé a escribir columnas de opinión. Aquí debo destacar que fue a través del editor de la sección de columnas de opinión, Pedro Rojas, que mis escritos empezaron a ser publicados en El Nuevo Día. Su apoyo fue determinante. Siempre le estaré agradecido. De Rojas aprendí a titular una historia y a encontrar lo esencial de un escrito periodístico. Mis escritos tuvieron alguna recepción notable. Entonces, mientras seguía como corrector también publicaba al menos una columna al mes. Luego me ofrecieron el trabajo a tiempo completo en el periódico y dejé la escuela. Trabajaba en horario de cinco de la tarde a una y dos de la mañana y a veces hasta las tres de la madrugada. Hacía el cierre con otro corrector, era duro romper noches. La ventaja era que tenía casi todo el día libre y lo aprovechaba para leer y escribir, yo vivía cerca del periódico y aprovechaba el tiempo al máximo. Entre 1994 y 1995 empecé a dar una o dos clases de literatura en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Carolina, aun así, tenía horas libres durante el día. Logré una cierta estabilidad laboral que redundaba en mi beneficio.

Luego pasé a ser Editor de Cierre de la Sección ‘Por Dentro’ del periódico, que era donde se ubicaba lo que tenía que ver con cultura. Era una sección muy intensa y de más responsabilidades, pero salía más temprano. Fue en este nuevo puesto que negocié publicar una colaboración todos los fines de semana sobre literatura. Empecé entonces a hacer entrevistas a escritores y creé la columna critica llamada Subrayados que consistía en un ensayo crítico sobre un libro, no era una reseña como tal, sino más bien una reflexión sobre un pasaje del libro. De momento gané muchos lectores. Trabajaba muchísimo, por eso solo podía dar una clase en la universidad. Entre 1999 y 2002 mis escritos fueron premiados varias veces con los premios más importantes y prestigiosos que se otorgan en Puerto Rico. Fui becado por la Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano, fundada por Gabriel García Márquez, en Cartagena. Tomé un taller con Sergio Ramírez. Antes había sido premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña, Pen Club de Puerto Rico y Overseas Press Club de Puerto Rico en varias ocasiones. Después de esos reconocimientos fui despedido de El Nuevo Día en 2002 por asuntos que ya hoy día ni merece la pena mencionar. Demandé legalmente al periódico porque fui despedido injustificadamente y tenía la protección de las leyes laborales. Sin poder pagar un abogado privado sometí la demanda. El Estado me había embargado el apartamento, me quedé sin carro, estuve al borde de quedarme en la calle. No obstante, a pesar de las penurias, mis hijos nunca pasaron necesidades mayores. Después de varios años de mi demanda se dictó sentencia y gané el caso. Con la remuneración por daños pagué algunas deudas y pude comprarme un carro de nuevo. Luego de saltar por varios trabajos dando clases sueltas en varios recintos, correcciones y ediciones de libros para editoriales, entre otros, finalmente me contrataron como editor cultural del periódico Diálogo de la Universidad de Puerto Rico.

Trabajar en el periódico Diálogo Universitario fue una buena experiencia donde retomé algunos de los proyectos que se me habían quedado truncos en El Nuevo Día. Como era un mensuario también podía ofrecer más cursos en la universidad. Finalmente hubo una huelga en la universidad y como el periódico estaba adscrito a ella entró en crisis. Para esos años ya la crisis del periodismo mundial se había trastocado mucho, le fui perdiendo el entusiasmo a los medios. Era una crisis mediática que venía desde hace mucho y a la que muchos habíamos sobrevivido, aunque yo no la había vivido tanto porque no había estudiado periodismo académicamente, pero la sentía porque siempre tuve buenos amigos del periodismo de antes como Francisco Velázquez y Luis Echevarría, entre otros más que eran periodistas de la vieja guardia y gente de la que había aprendido mucho.

En medio de esa crisis de los periódicos vi a mucha gente ser desechados por los nuevos paradigmas periodísticos. Un buen día renuncié y decidí quedarme solamente dando clases y escribiendo. Fueron años muy duros, de mucha inestabilidad y privaciones económicas, porque para competir por una plaza fija en la universidad tenía que completar un grado de doctorado y realmente no me entusiasmaba volver a los salones clases a tomar clases porque eso significaba posponer estudios personales que venía haciendo por mi cuenta, pero tuve que hacerlo. Empecé a hacer un doctorado y me reencontré con mis viejos maestros de literatura, entre ellos Eduardo Forastiere y Federico Acevedo, académicos, intelectuales e investigadores de primera, profesores que fueron claves en mi formación y en mis estudios académicos previos de maestría en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras. Entonces era profesor y estudiante a la vez en el mismo departamento.

6- Actualmente usted el doctor en Letras, con qué tesis obtuvo el doctorado, en qué Universidad.

Llegué a la universidad en una época en que el doctorado era un requisito para ser fijo. Con maestría –contrario a muchos de mis colegas e incluso profesores, que sí lograron sus plazas con el grado de maestría–, no podía optar por una plaza permanente, aunque sí podía dar cursos como profesor por contrato como siempre había sido desde 1995. Ahora, yo necesitada una plaza. Tenía que mantener a mis hijos y ya le había dedicado muchos años a la docencia. No lo hice antes porque no me había hecho falta, pero además, porque con la maestría pensaba que era suficiente y me sentía dueño de cierta independencia intelectual para dedicarme a investigar lo que quisiera, amén de que ya tenía un nombre, por lo menos como periodista y profesor. Digamos que tenía algún tipo de reconocimiento público por mis publicaciones y los premios. En el año 1996 había ganado el Premio Nacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña con el libro “Juan Bosch, novela, historia y sociedad”, un libro que pienso que todavía tiene ciertas vigencias y que en su momento abrió otras rutas para el estudio de la obra de Juan Bosch.

Nada, finalmente laborando como profesor en tres recintos, la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, la matriz, el recinto de Carolina y en la Universidad de Puerto Rico en Bayamón, lugar donde finalmente me he quedado trabajando. Empecé los estudios doctorales en la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras, donde lo terminé en menos de cuatro años con una tesis sobre La Poesía Sorprendida, tesis que luego fue reescrita y convertida en el libro “Poesía Dominicana del Siglo XX en los contextos internacionales” y con el volví a ser premiado con el Premio Nacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña en 2009. Hubo una convocatoria pública interna y en los periódicos, como manda la ley universitaria, sometí mis credenciales y expediente, el comité de personal me recomendó al decanato y a la rectoría y fui nombrado en probatorio –como también establece el reglamento– y luego de cubrir los años mandatorios fui nombrado en propiedad en Bayamón.  Toda una odisea, pero siempre dentro de la ley universitaria. A mí siempre me dado mucha felicidad dar clases y lo hago con mucho entusiasmo.

7- Este año se dedicó a usted la feria del libro de Nueva York. Qué experiencias guarda de ese evento?

Bueno, realmente nunca he pensado en los premios ni en los reconocimientos. Me ponen muy tenso, ello porque no me creo nada y porque, además, luego tengo que hablar, decir algo en público y hasta en algunos medios. Paradójicamente soy muy tímido, aunque vivo de la palabra, y me produce mucho pudor tener que decir algo en las ceremonias sobre mí y sobre lo que he hecho. No obstante, me he llenado de valor y los he aceptado. Los premios son un estímulo, sobre todo cuando tienen metálico de por medio y que a uno nunca les sobran.

En enero de 2015 recibí una llamada del Comisionado de Cultura Dominicana en los Estados Unidos, Sr. Carlos Sánchez para notificarme que un jurado me había escogido por unanimidad para dedicarme la Feria del Libro Dominicano en New York por mi obra y mi trayectoria. Lo primero que pensé al escuchar la noticia fue que había otra gente que también lo merecía. No lo pude asimilar inmediatamente. Me dijo que no se lo comunicara a nadie. Así lo hice, nadie lo supo hasta principio de septiembre cuando ellos lo anunciaron oficialmente.

En términos de divulgación agradezco mucho al jurado que me eligió no solo porque muchos de mis trabajos están vinculados a la experiencia de la lejenía física y existencial y porque fue una oportunidad para compartir con otros escritores de los llamados diaspóricos, sino también porque el reconocimiento incluía la publicación, una antología, de un volumen representativo del trabajo del homenajeado.

Ellos publicaron en la Editora Nacional un volumen titulado Juntura de escritura, de 591 páginas, que incluye una muestra de mi poesía, relatos, crónicas, ensayos y diálogos-entrevistas. El volumen, con un prólogo del escritor Odalís Pérez, me gusta mucho porque me ha dado la oportunidad de que los lectores dominicanos conozcan parte de mi obra y los mismos colegas de la diáspora. Digo esto último porque mis trabajos han circulado muy poco en la República Dominicana y al mismo interior de la diáspora. Mucha gente tiende a reducirme al periodismo, pero nunca han leído mis relatos y mucho menos mi poesía. Yo tampoco, por pudor, he ayudado mucho porque soy alérgico a la autopromoción personal. No me ha ayudado el hecho de que tampoco he estado vinculado a ningún grupo literario, no he participado de talleres con nadie ni en Puerto Rico, ni en República Dominicana, que es por donde circula mayormente la promoción. En ese libro hay una muestra representativa de mis escritos y al menos hay cuatro libros íntegros de los 12 que he publicado. Creo que es una muestra representativa. En fin, fue una experiencia muy gratificante donde pudo ir parte de mis hermanos y mi madre. Estoy muy agradecido del jurado, que no se quienes son, y de los organizadores de la Feria de New York por el homenaje.

8- Cualquier otro asunto sobre tu vida como escritor dominicano que quiera decir y no esté contemplado en las anteriores preguntas.

Que si merezco ese título de escritor, todavía lo soy en construcción. Que como muy rara vez releo lo que escribo, una vez se publica, siempre me encuentro en cero. Lo publicado ya no existe para mí, lo que viene es lo que me ocupa. Como lector-crítico no opino de lo que no he leído y que cuando leo solo leo la textualidad al margen de quien la haya escrito. Que lo literario es una cosa y lo extraliterario-personal otra. Si hacemos críticas con el autor de por medio (ya sea amigo o enemigo) estamos perdidos. El prejuicio –en negativo o en positivo– hace mucho daño a la literatura y el arte. Por eso no le acepto ninguna crítica a nadie, ni buena ni mala, que no me haya leído. Después de todo, la crítica lo único que nos dice con cierta seguridad y autoridad es cómo es que ha leído el otro o la otra y las lecturas posibles son muchas. Todo texto, como dijo alguna vez Umberto Eco, es un campo abierto. Los métodos y las orientaciones teóricas o ideológicas no garantizan nada en asuntos críticos.

http://www.listindiario.com/ventana/2016/03/10/411145/escritores-dominicanos-en-el-extranjero


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