DOS ANTOLOGÍAS, UNA FINALIDAD

José Mármol, El Día, 3 febrero 2016

La industria, y con ella la dinámica económica en general, proporciona a los pueblos la subsistencia; pero la poesía da a los pueblos el deseo y la fuerza de la vida.

“¿Adónde irá un pueblo de hombres que hayan perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?”, se preguntaba José Martí, apóstol de la libertad de las Antillas, en su escrito de 1887, publicado ese año en México y en Argentina, sobre el poeta de la democracia americana, el inconmensurable Walt Whitman.

En un resabio estético, a lomos de esa misma idea, que reprochaba al “ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos”, Martí sustenta que la poesía, porque disgrega, fortifica o angustia; porque apuntala o derriba almas y porque brinda o despoja de aliento y fe a los humanos, “es más necesaria a los pueblos que la industria misma”. Y con mayor ahínco y profundidad sustenta:

“La literatura que anuncie y propague el concierto final y dichoso de las contradicciones aparentes, la literatura que, como espontáneo consejo y enseñanza de la Naturaleza, promulgue la identidad en una paz superior de los dogmas y pasiones rivales que en el estado elemental de los pueblos los dividen y ensangrentan; la literatura que inculque en el espíritu espantadizo de los hombres una convicción tan arraigada de la justicia y belleza definitivas que las penurias y fealdades de la existencia no las descorazonen ni acibaren, no sólo revelará un estado social más cercano a la perfección que todos los conocidos, sino que, hermanando felizmente la razón y la gracia, proveerá a la Humanidad, ansiosa de maravilla y de poesía, con la religión que confusamente aguarda desde que conoció la oquedad e insuficiencia de sus antiguos credos”.

El nuevo credo que resuelve esa insuficiencia de los antiguos es, simplemente, la libertad. Una libertad que funde en la sensibilidad del espíritu humano las bondades de la naturaleza. La poesía, en cuanto que máxima expresión de las aspiraciones estéticas de una lengua, es parte esencial de esa libertad y de ese nuevo credo.

La inclinación de Felucho Jiménez hacia la admiración y divulgación de la vida y obra de Martí, y con él la de un martiano a toda prueba, Juan Bosch, su maestro, así como su fervor por las artes, las ideas y la cultura posibilitaron que, desde su posición como presidente del Consejo de Administración de la Refinería Dominicana de Petróleo (Refidomsa), encomendara a la poeta, narradora y ensayista Ángela Hernández, merecedora este año 2016 del Premio Nacional de Literatura, la investigación y publicación de dos volúmenes antológicos de la poesía dominicana de entre los siglos XIX y XXI, cuyo primer tomo se titula “Antología de poesía amorosa”, con un abarcador prólogo de la escritora Jeannette Miller, mientras que el segundo lleva por título “Antología de poesía social”, que cuenta con un breve, pero, lúcido prólogo del poeta Mateo Morrison, ambos publicados en 2015, en la Colección Poesía Dominicana.

La propia antóloga escribe sendas notas, con la exhaustividad y brillantez que le caracterizan, por medio de las cuales explica los criterios que empleó para conformar los volúmenes de lo amoroso y social en la poesía de nuestro país.

Una antología será siempre el reflejo de los gustos, preferencias y cánones íntimos de quien lleva a cabo la empresa. Lo relevante en este caso es el hecho de que los dos volúmenes presentan, sobre sus ejes temáticos, un mosaico histórico, un fresco íntimo y social de nuestra poesía como única finalidad. Invito, pues, a su lectura.

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