CENTENARIO DE LA INFORMACIÓN

Nota de prensa

Palabras del Lic. Edwin Espinal Hernández en el acto de develizacion de la placa conmemorativa del centenario de La InIormación, calle Máximo Gómez, Santiago, 15 de noviembre de 2015:

Todo pueblo, cuando tiene memoria histórica, se afirma en la idea de pertenencia común. Cuando se sepulta la memoria histórica, también se esfuma de algún modo la identidad cultural.

Teniendo la memoria histórica entre sus expresiones fundamentales el patrimonio construido, puede concluirse que en la medida en que la herencia inmobiliar se pierde, igualmente se diluye el sentido de pertenencia de los ciudadanos con el espacio que habitan. Valiosos ejemplos arquitectónicos irrepetibles se han perdido en nuestro país, desapareciendo así la autorrepresentación de sucesivas generaciones en el espacio y el tiempo. En el caso de Santiago, los testimonios de su pasado olvidado son cada vez menos y llegará el momento – no lo duden – en que serán aldabas y tragaluces colgados como decoración en paredes.

Como reflexionó certeramente el Arq. Emilio Brea García: “Lo principal es el registro subliminal que hace la memoria colectiva del conglomerado con sus recuerdos; el atesoramiento marginal del hecho construido asociado al ente concreto, real, de la edificación que lo remite al pasado, que la ubica en el tiempo y en las circunstancias que le son afines por referenciales. La cualidad física, a más de perceptiva, de una edificación situada en un lugar, supone la presunción objetiva de un momento, de parte de la historia. Esa historia nos puede ser afín, muy particular e íntima. Colocada en ese muy particular lugar, la edificación se convierte en una parte del todo urbano o rural. En la ciudad, se dispone como fachada y da continuidad secuencial a la historia de un proceso de desarrollo arquitectónico que al borrarse, distorsiona los eslabones del tiempo y miente a las futuras generaciones, falseando el escenario urbano, dramatizando – con las exageraciones con que la sustituyen – las improntas del pasado que basamenta su patrimonio en el tiempo, en las peculiaridades formales, estéticas y constructivas de una sociedad en un momento dado”.

En gran medida, la individualidad de las edificaciones patrimoniales urbanas, como apuntaba el Arq. Brea, viene dada por sus fachadas, al definir un estilo arquitectónico. De aquí que se haya puesto un especial interés en su preservación, en los casos en que resulta imposible salvar íntegramente el inmueble de que se trate. Ejemplos de integración de modernos proyectos arquitectónicos a fachadas antiguas en madera o mampostería abundan en diversos centros históricos, lo que evidencia que se trata de una alternativa de intervención sino la más deseable, al menos viable. Ya sea en almacenes o viviendas, se ha logrado un contraste de épocas en la arquitectura, consolidándose sus fachadas para su conservación y transformándose las alturas y proporciones de sus interiores.

La conservación de las fachadas evita el fatal pecado mayor de la pérdida completa de las edificaciones y consecuentemente el desarraigo de la identidad de la comunidad. Es el caso de la fachada ante la que nos encontramos, que formó parte del conjunto de inmuebles que en la acera de esta calle fue declarado Patrimonio Nacional por el Poder Ejecutivo en 1991, pero intervenido tres años más tarde para acoger un establecimiento comercial. Su vitalidad interna se perdió, pero al menos sobrevivió el exterior, para quedar como reflejo de una época fundamental en la historia de nuestra ciudad. Con la develización de la placa que se ha fijado en esta fachada, felizmente conservada y que una vez fue parte del local de la librería, papelería e imprenta de Franco Hermanos, el Ministerio de Cultura rescata el recuerdo de un espacio vital del Santiago de principios del siglo XX.

Detrás de estos muros se editó, a partir del 16 de noviembre de 1915, el periódico La Información, expresión empresarial de los hermanos Luis Alfonso y José Enrique Franco Olavarrieta, incardinada en la tradición comercial iniciada por su abuelo paterno José Manuel Franco (Pepe), fallecido en 1905, y que habían proyectado en el tiempo ya para 1913, año para el que encontramos referencias de su papelería y librería, organizadas bajo la razón social Franco Hermanos. El proyecto de un imprimir periódico diario resultó una contrapartida del esfuerzo comunicacional que en provecho de la difusión de la literatura mundial venían haciendo desde su librería, en cuyos anaqueles podían encontrarse libros como La Divina Comedia, de Dante; Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne; Rimas, de Bécquer, y Poesías completas, de José Santos Chocano.

El entorno de la Franco Hermanos en la entonces calle Libertad resultaba un ambiente familiar para los Franco Olavarrieta: a una casa de por medio, donde luego se instaló el periódico, estaban la librería, papelería e imprenta y la casa de Ulises Franco Bidó, su cercano pariente por línea paterna y esposo de su tía materna Josefa Cristina Olavarrieta Tavares; al frente, flanqueando las esquinas  del callejón Santiago – hoy calle Sully Bonnelly -, la casa de su tía paterna María Adelaida Franco Tavares, esposa de Augusto Franco Bidó, y la casa – donde en 1962 se fundó la PUCMM – de su tío abuelo Manuel de Jesús Tavares Portes, tío materno tanto de su padre, Alfonso Franco Tavares, como de su madre, María Mercedes Olavarrieta Tavares, a la vez primos hermanos. En la esquina de la calle Comercio, hoy España, estaban El Gallo y El Grano de Oro, dos de las casas comerciales fundadas por su tío abuelo Manuel de Jesús Tavares Portes y que desde su muerte en 1906 regenteaba Manuel Arturo Tavares Julia, primo hermano de sus padres.

Forjado en este contexto consanguíneo, el periódico, titulado con un nombre contundente, breve, condensador de la variedad del mensaje periodístico, se sumaría al alto número de medios informativos de la época, pero los trascendería a todos en el tiempo, completando la andadura de cien años que hoy celebramos. Canal idóneo no sólo para plantear y debatir las grandes problemáticas de la sociedad de entonces sino también para dar a conocer creaciones literarias, los hermanos Franco Olavarrieta confiaron su salida de las prensas a tres ciudadanos que habían empezado a dar sus pasos en el diarismo durante los gobiernos de Juan Isidro Jimenes y Ramón Cáceres. Ellos fueron Alfredo Rojas Morales, primer director; Pedro M. Hungría, primer administrador y José Antonio Hungría, primer redactor. Hay que observar que Alfredo Rojas y José Antonio Hungría  fueron concuñados, por casar con dos hermanas, Dorila Dolores y Ana Antonia Morell Espaillat. Alfredo se comprometió con quien sería su esposa en enero de 1915, a pocos días del matrimonio de José Antonio y Nancho en ese mismo mes.

Alfredo Rojas Morales había dirigido en su Moca natal, junto a Juan Durán, el periódico “El Vivac” en 1905, mientras que Pedro M. Hungría había sido redactor de “El Valiente” en 1908 y director-redactor de “La Verdad” en ese mismo año y director en 1910 de los periódicos “El Oasis” y “El Tropical”.

De su lado, José Antonio Hungría era para entonces el joven síndico de la ciudad – 28 años -, cargo para el que había sido electo en 1913, y de los tres era el de más dilatada experiencia en el ámbito del periodismo. Perteneciente a la primera generación de normalistas salida de las aulas de la Escuela Normal en 1907, fructífera y representativa, José Antonio Hungría se inició en el periodismo en 1900, con la fundación y dirección de “El Liberal”, hoja periodística de tendencias pedagógicas, órgano de la “Sociedad de Estudiantes”, de la que también fue primer presidente. Su pasión por las letras se expresaría en lo adelante con la dirección de El Reflejo, en 1900 y El Investigador, en 1903; la dirección de las revistas literarias Auras del Yaque en 1905 y El Pensamiento en 1906 – reaparecida esta última en 1908, igualmente bajo su dirección; la dirección  y redacción  de El Diario en 1905; la co dirección de El Liberal, conjuntamente con Ramón Emilio Jiménez en 1907; la co redacción de la revista de la sociedad Amantes de la Luz en 1908; la dirección del periódico El Magisterio, de la Liga de Profesores, en 1909 y la dirección y redacción de la revista Unión Santiaguesa, órgano de la logia homónima, en 1909.

El 19 de noviembre de 1915, apenas tres días después de la salida del primer número del periódico, falleció Telésforo Reinoso hijo, director de El Civismo, considerado el decano de los diarios de la época, por haberse empezado a publicar en 1900. Con la muerte de Reinoso y la desaparición de su periódico, La Información pasó a presidir, conjuntamente El Diario, fundado en 1902 por José María Vila Morel, el ejercicio de la prensa en la ciudad, pues los demás medios que circulaban para ese año – La voz de Santiago, Boletín del Comercio, El machete, Vulcano y Boletín Electoral manifestaron la misma fugaz presencia de publicaciones anteriores. Conscientes de ese predominio, a partir del 7 de enero de 1916 el periódico empezó a circular en las mañanas, contraponiéndose de este modo a El Diario, que era vespertino.

La tríada de Alfredo Rojas y los hermanos Hungría Alvarez estuvo al frente del periódico por un período relativamente breve: José Antonio Hungría renunció como redactor hacia febrero de 1916 y fue sustituido por su hermano Pedro, quien fue reemplazado a su vez por Rafael Morel, en tanto que Rojas se retiró hacia marzo de 1916 de la dirección, cargo que fue ocupado por Rafael César Tolentino, quien en ese mismo año había sido co redactor del semanario La Nación, de Santo Domingo y quien enfrentaría desde sus editoriales la ocupación norteamericana que comenzó meses después. A aquella recomposición se agregaría un nuevo ingrediente con la reestructuración de la sociedad Franco Hermanos, a propósito de la muerte de José Enrique Franco Olavarrieta el 2 de julio de 1916 a la edad de 30 años.

De aquellas jornadas pioneras de La Información que iniciaron el 16 de noviembre de 1915 quedan como testimonios los tomos encuadernados de sus números iniciales en las hemerotecas del Archivo Histórico y el Ateneo Amantes de la Luz. Sus fundadores han sido recordados con la designación de calles con sus nombres: Alfredo Rojas, José Antonio Hungría y Luis Alfonso Franco en La Zurza y Pedro M. Hungría en La Joya. Y desde hoy, esta placa marcará el lugar donde lo hicieron nacer para la posteridad, donde lo fecundaron con sus plumas y perdurará como testimonio del recorrido centenario de este medio informativo, parte sustantiva de nuestra identidad.

Muchas gracias.


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