EL LIBRO DE PERSILES AYANES

Eduardo García Michel, Diario Libre, 13 octubre 2015

Muchos lo conocen como el hermano de Artagnán, pero merece que lo conozcan por su nombre completo de Persiles Ayanes Pérez Méndez. Ambos son abogados. La fama en el ejercicio de su profesión marcó para siempre a uno de ellos, mientras la vida compensó al otro de maneras diferentes.

Ayanes, ya en los noventa años, podría presumir de ser el padre de una pianista consagrada, una virtuosa de la música, Catana Pérez. Y eso ya es mucho.

O podría mostrarse como ejemplo de que los años no pesan, si uno, con la ayuda de un Dios, el destino o del azar, no quiere que lo hagan, pues nadie disfruta más que él de los eventos sociales, ni participa con mayor fervor en las iniciativas solidarias, con una vitalidad propia de quinceañeros.

Ahora acaba de regalar al país, con énfasis en los mocanos, un libro lleno de humanidad, en el que hace alarde de poseer memoria superba para lo lejano en el tiempo.

En ese libro cuenta sus cinco lustros de vivencias en Moca, su ciudad natal, desde 1925 hasta 1950, año en que fijó su residencia en Santo Domingo porque necesitaba mantener su hogar y familia, y el pueblo no daba para tanto.

Al escribirlo no se sabe si se ayudó de la moderna herramienta cibernética para mantener vivo en su cerebro el mapa de la ciudad, sus calles, casas y gentes, pues va fijando en cada esquina, en cada solar y casa, la huella de nombres, familias, que sumadas en su conjunto forman el círculo poblacional de la Moca de ese ayer, y que constituye un relato de la historia pequeña y en ocasiones grande de ese pueblo.

Persiles Ayanes hace gala de humildad y no teme al ridículo, pues también en eso consiste la grandeza humana. Narra sus amores extraviados, las veces que en lances amorosos lo botaron como macuto viejo y su amor por la que terminó siendo su primera compañera, Titá, hasta que la muerte los separó.

Su candidez, vida desenfadada y memoria corta para lo inmediato, lo llevó a que un día, cuando regresaba sudado de un juego de pelota, al alcanzar a ver en la lejanía bien abiertas las puertas de la casa de su novia, se percatara de que lo esperaban para celebrar el compromiso matrimonial por lo civil. Y así pudo asearse y llegar a tiempo para evitar el bochorno total.

Y también explica como, después de dar un paseo a solas por el club social La Cancha, tal vez para botar el golpe de lo que significaba el cambio de estatus civil, al regresar se dirigió por costumbre a la casa de sus padres, quienes al verlo quitándose las medias en su habitación de soltero le preguntaron si ya había peleado con su esposa teniendo tan pocos días de casado, lo que lo salvó de proporcionar una ofensa grave a su conyugue que lo esperaba en su lecho en la casa que habían alquilado.

Estando yo en Bogotá hace poco me llamó la atención por su novedad el alquiler de bicicletas para fomentar su uso, ejercitar el cuerpo y bajar las emisiones de monóxido de carbono. Para mi sorpresa, Ayanes relata que en Moca, en 1937, Bravito Rojas alquilaba bicicletas en la que aprendieron a montar decenas de jóvenes.

No menos curiosa es la historia que relata del venerado profesor Francisco Guzmán Comprés. Sus alumnos se examinaban en Santiago y tenían fama de estar bien preparados. Ahora me entero por Ayanes que el profesor Guzmán Comprés no era bachiller. Sin embargo, se cuentan por decenas los talentos que se educaron bajo su influencia y que posteriormente se destacaron en la vida nacional. (Trujillo clausuró la escuela normal de Moca en la década del 30).

Machilo Guzmán, otro mocano insigne, autor de la criolla Lucía, a la que Joaquín Balaguer puso la letra, enseñaba teoría musical en el bachillerato de Santiago, como Don Tilo Rojas, otra eminencia, dirigía la banda municipal de Moca, lo que explica la calidad de los músicos que tuvieron la suerte de ser sus alumnos. Juan Manuel Taveras Rodríguez (Juanito), médico destacado e impulsor de la Plaza de la Salud, que lleva su nombre, tocaba el clarinete en la banda de música.

Chebo Rodríguez, personaje singular y noble, siendo policía, pero en mayor medida fanático del béisbol, incumplió la orden de realizar un servicio, se fue a jugar pelota y puso el revólver y la cartuchera al lado de la segunda base, siendo grande el culillo del capitán cuando lo alcanzó a ver jugando y las armas situadas olímpicamente en el campo corto.

A Ayanes siempre habrá que agradecerle el haber dejado líneas maestras acerca de cómo se desenvolvía la vida en su pueblo en aquella época.

http://www.diariolibre.com/opinion/en-directo/el-libro-de-persiles-ayanes-DX1536894

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