VÍNCULOS ESPIRITUALES DE LA BIBLIOTECA MATERNA

Nick Bilton, The New York Times, Listín Diario, 31 mayo 2015

A fines de marzo, unos días después de que mi madre murió de cáncer, me senté en una fría sala en el norte de Inglaterra con mis dos hermanas, mientras un abogado leía su última voluntad y testamento.

Nos informaron que su modesta herencia iba a ser dividida en partes iguales entre sus tres hijos, con una excepción. “Su colección de más de tres mil libros es para su hija mayor, Leanne”, dijo el abogado.

Al escuchar esto, mis hermanas se miraron mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. Sabían que mi madre y yo siempre compartimos un lazo inquebrantable por los libros. Mis primeros recuerdos tienen lugar en su habitación, mientras la observaba secarse el pelo con una mano y leer una novela con la otra.

Mientras crecía, mi madre me guió a través de los mundos de ficción de Harper Lee, Charles Dickens y Lewis Carroll. Cumpleaños y Navidades siempre eran recibidos con regalos de forma rectangular. Y todo libro en nuestro hogar tenía inscrita una nota. “Querido Nick., nunca vivas sin libros hermosos. Con amor, mamá”, escribió en una copia de “La guerra y la paz”.

En 2011, cuando me mudé de Nueva York a California, decidí dejar la mayoría de mis libros y renunciar a lo impreso en favor del Kindle y, más tarde, el iPad. “¿Qué demonios te pasa?”, me regañó por teléfono. “No te eduqué para que leyeras en una maldita pantalla”.

Hablaba con pasión sobre poder oler la páginas de un libro impreso mientras uno lee, sentir los bordes de una pasta dura en las manos. Y sobre cómo los apuntes dejados por el lector anterior (con frecuencia, ella) podían detener el tiempo.

No cedí. Yo estaba convencido de que lo digital era el futuro. “Puedo llevar mil libros en mi bolsillo, mientras que tú solo puedes meter dos en tu cartera”, argumenté.

Viendo que no iba a ceder, mi madre trató de darme la razón. Esta vez, sostuvo mi mano mientras viajamos por los mundos digitales de Jeff Bezos y Steve Jobs. Pero su Kindle (y más tarde un iPad) se quedaron casi sin tocar en el cajón de su escritorio. En los cumpleaños y Navidades, pesados regalos rectangulares seguían llegando a mi buzón.

Tras la lectura del testamento, mi hermana mayor amablemente ofreció compartir la biblioteca de mi madre. Yo acepté agradecido. Y unas semanas después, mientras mi hermana revisaba las pertenencias de nuestra madre, se topó con algo que pensó podría gustarme.

“¿Quieres el Kindle de mamá?”, preguntó por mensaje de texto.

Llevar un Kindle en un largo viaje es verdaderamente mágico. Pero eso no significa que quiero el antiguo Kindle de mi madre para recordarla. Deseo poder oler el papel, ver sus apuntes en el interior, saber que ella hojeó esas páginas y que una parte de ella vive a través de ellos.

Pensé en la ironía de los interminables debates que tuve con mi madre. Ahora que ella se había ido, todo lo que me preocupaba eran sus libros físicos.

En sus últimos días, mi madre me pidió que le entregara su libro favorito, “Alicia en el país de las maravillas”. Dentro de la portada, escribió algo para mi hijo aún no nacido, que ella ahora aceptaba que nunca iba a conocer: “Que tu vida esté llena de hermosas palabras. Con amor, tu abuela”.

Si ella está viendo el cuarto del bebé desde arriba, verá ese libro ahí, junto a algunos de sus viejos libros, y una creciente colección de nuevos.


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