BIBLIOTECA PROHIBIDA

Fernando Araújo Vélez (*), Ventana, Listín Diario, 30 mayo 2015

Fue un primo algo mayor el que me dijo que el padre Dávila tenía una biblioteca prohibida en un cuarto aledaño a su oficina, y que nadie había podido verla pues él cargaba las llaves del armario siempre consigo.

Yo estaba por terminar el bachillerato, y mi primo estudiaba literatura, o algo por el estilo. Por eso me llenó la cabeza con libros y autores maravillosos que me podrían cambiar la vida si los llegaba a descubrir.

El padre Dávila era un hombre ya bastante mayor, 60 o 70 años, y era reverenciado en mi casa. Cuando llegaba, había que guardar absoluto silencio, escucharlo hablar sobre el pecado, el Paraíso, Dios y el demonio, y entrar en una especie de trance con olor a santidad. Jamás se le podía contradecir, y menos hacerle preguntas. Le servían vino y galletas con caviar y lo llamaban “reverencia”.

Pocos días antes de graduarme fui una tarde a verlo a su oficina, con la excusa de una investigación sobre arte prohibido en el Renacimiento. Cualquier cosa que me llevara al tema. El padre me dio una interminable lección sobre el arte y el Renacimiento, y me dijo, en tono de revelación, que las prohibiciones eran designios del señor. Yo le ofrecí de un licor que, le dije, le había mandado mi madre. En realidad era un somnífero que me había preparado una amiga. Mientras él se dormía, yo hablaba en voz alta para que nadie sospechara, hasta que “su reverencia” se derrumbó. Entonces lo acomodé en su sillón de enviado de Dios, tomé las llaves y abrí su biblioteca, diez repisas que contendrían, a lo sumo, 100 libros y unos cuantos fólderes más que no había previsto.

Allí, ante mí, estaban guardados cientos de secretos, pecados, infiernos, que el padre había escondido por “designios divinos”, y porque esos designios habían determinado lo que se puede y lo que no se puede leer, lo que se debe ver y aquello que es un atentado contra el espíritu, contra la verdad, el camino y Dios. Por los estantes desfilaban Schopenhauer, Nietzsche, Spinoza, Dostoievski, Joyce, Cioran, Cortázar, Saramago, Borges y García Márquez y unas decenas más. Unos, porque mataron a Dios. Otros, porque lo invocaron erradamente. Unos más, porque maltrataban el lenguaje que Él les había legado. Y otros, porque osaron ignorarlo.

Los libros se veían bastante viejos, gastados, leídos. Algunos, incluso, estaban subrayados. La verdad es que me hubiera quedado toda la vida allí para tocarlos, para leerlos y escudriñarlos. Para vigilarlos. Pero sentí que ya habían transcurrido horas. Era de noche. Antes de irme, por no dejar, abrí uno de los legajos, el primero de la última fila. Saqué una hoja que estaba repleta de nombres. A cada nombre lo seguía una pequeña descripción. Ahí estaba el de mi madre, Alma Durán. “Su único hijo no es de su esposo”, explicaba.

(*) Escritor, periodista, Editor de Cultura de El Espectador de Bogotá.

http://www.listindiario.com/ventana/2015/05/28/368841/biblioteca-prohibida

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