CITY LIGHTS, UNA LIBRERÍA CON CONCIENCIA POLÍTICA

Marco Bonilla, Revista Arcadia, 15 mayo 2015

En el imaginario popular, San Francisco (California) es sinónimo de innovación, ideas transformadoras y contracultura. Desde la década de 1940 la ciudad ha sido un imán que ha atraído inventores, soñadores, pensadores y artistas innovadores.

La ciudad junto a la bahía ha sido el epicentro de una serie de cambios que han transformado la sociedad estadounidense y global de forma definitiva. Y en el vértice de gran parte de esos cambios ha estado City Lights, una pequeña librería y compañía editorial, que ha sido el corazón literario de San Francisco por más de medio siglo.

Ubicada entre las zonas de influencia china e italiana de San Francisco, rodeada de tratorias, clubes de strippers, la pirámide Transamérica (el edificio más alto de San Francisco), bares regentados por taiwaneses, hoteles de media pensión, y el famoso café Vesubio, la librería es conocida por ser el lugar donde se gestó el llamado renacimiento de San Francisco en la década de 1950, que antecedió al movimiento por los derechos civiles, el auge del feminismo, la contracultura hippie y la oposición a la guerra de Vietnam.

Fue en City Lights donde se cuajó una nueva forma de prosa y poesía, cuyos miembros serían agrupados con el remoquete de generación Beat. El grupo liderado por Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs maduró y adquirió prominencia entre los muros del vetusto edificio de City Lights. Los Beatniks, como se les conoce, hicieron de este lugar su base de operación. La editorial fue creada para publicar y divulgar el trabajo de los poetas de la generación Beat que tenían dificultad en publicar su trabajo con editoriales más comerciales.

En la década de 1950, en los conservadores años de la posguerra la librería lideró un movimiento por la divulgación de un nuevo tipo de prosa y poesía, que defendía una versión de la sociedad diferente a la que proponía la administración de Eisenhower. En el camino se encontraron con la resistencia de esa Norteamérica que defendía la guerra y la marginación de grandes sectores de la sociedad.

Ubicada en el número 261 de la Avenida Columbus, que corta diagonalmente la ciudad, City Lights ocupa todo el edificio Artigues en la zona de North Beach que no ha perdido el aura de contestación y contracultura que adquirió desde que la librería fue inaugurada en 1953.  Ese año el poeta Lawrence Ferlinghetti decidió crear una revista literaria que bautizó City Lights en honor a la película homónima de Charles Chaplin. Ferlinghetti, hombre de ideología anarquista, tenía la idea de abrir una librería siguiendo el camino de su amigo George Whitman en París quien había inaugurado Mistral (que posteriormente se convertiría en la mundialmente famosa Shakespeare & Co.). Dotado de una mente literaria y defensor de la educación popular, Ferlinghetti, consciente de la necesidad de libros de bolsillo a bajo costo, y decidido a emprender el quijotesco oficio de librero, abrió City Lights. Siguiendo el espíritu anarquista de su fundador, el entonces pequeño local decidió enfocarse en la venta de ediciones de bolsillo y revistas alternativas de poca tirada.

Desde su creación la librería ha mantenido viva esta actitud anarquista: uno puede ir simplemente a sentarse y leer el libro que quiera y hay una sección de usados que representa bajos márgenes de ganancia. Además, City Lights programa lecturas de poesía para ayudar a diferentes causas. El hecho de ser la primera librería especializada en ediciones de bolsillo, la convierte en un establecimiento popular, con precios muy bajos.

Fiel al espíritu libertario de Ferlinghetti, la librería anima a la gente a que se quede el tiempo que quiera sin la mirada intimidante de los empleados apuntando a su espalda. Cientos de personas autodidactas afirman haberse educado gratis gracias a City Lights. Acá no se encuentran best sellersni libros de editoriales conocidas, únicamente libros de bolsillo. Por instinto anarco, Ferlinghetti desconfía de las ganancias porque estás implican el pago de impuestos al gobierno y se rehúsa a aceptar fondos oficiales para la promoción de las artes, que suelen recibir las editoriales pequeñas.

Fue en el sótano de la librería donde se montó la editorial City Lights. Sus propietarios se dieron cuenta que la demanda de libros de bolsillo era enorme. Ferlinghetti había observado en París las librerías que también imprimían títulos y tuvo la idea de hacer lo mismo en San Francisco con pequeñas ediciones de libros de poesía en el formato de bolsillo. Con el aumento de la demanda, Ferlinghetti decidió expandir la tienda hacia el sótano, lugar donde Jack Kerouac, Allen Ginsberg y Neal Cassady solían pasar su tiempo leyendo, escribiendo, fumando tomando vino y ligando.

En 1956 la editorial publicó Howl (Aullido) el poema seminal de Allen Ginsberg con alusiones al consumo de drogas y la homosexualidad. Howl denunció el daño que la sociedad hizo a su generación y marcó el camino a una serie de poetas indomables en las décadas por venir. Ginsberg había leído el poema en octubre de 1955 en la Six Gallery de San Francisco, en una velada inmortalizada por Jack Kerouac en Los vagabundos del Dharma. El poeta había escrito la pieza para sí mismo, sin intención de publicarlo. Ferlinghetti estaba esa noche en la galería y reconoció de inmediato a Ginsberg como la nueva gran voz de la poesía estadounidense. Howlfue un éxito inmediato, uno de los mayores de City Lights.

Pero las cosas se complicaron. En junio de 1957 oficiales de policía arrestaron a Ferlinghetti con cargos de obscenidad y corrupción a la juventud del país (Ginsberg se encontraba visitando a William Burroughs en Tánger y no fue acusado). Comenzó un juicio que fue un importante precedente frente a las limitaciones a la libertad de expresión. Durante el proceso, destacados escritores e intelectuales testificaron en favor de la obra de Ginsberg.

Finalmente Howl fue permitido bajo la Primera Enmienda que garantiza la libertad de expresión, se retiraron los cargos y se reconoció su significado social. La exposición pública en todo el país hizo que las ventas del libro se dispararan, iniciando una revolución de la literatura underground, que catapultó el nombre de Ginsberg hasta niveles que él mismo consideraba intolerables.

En 1958 se habían publicado 20.000 copias del poema. Y para 2014 ya era uno de los libros más vendidos en la historia de Estados Unidos con un millón de copias. La decisión judicial sentó un precedente para otros libros “polémicos” como  El amante de lady Chatterley de D.H. Lawrence y Trópico de Cáncer de Henry Miller. Howl, contribuyó al renombre de City Lights como una editorial asociada con la libertad de expresión. Ginsberg siempre tuvo una relación de intimidad con la librería a la que en The fall of America, llama simplemente “mi hogar”.

Hoy el sótano de City Lights alberga obras de no ficción, con secciones como estética de la mercancía, guerra de clases, estudios del performance, estudios queer, medicina popular, anarquismo, continentes expoliados y diversas categorías que no se encuentran en otras librerías en el país. Cada sección está a cargo de un especialista en el tema, que está atento a intercambiar ideas con los clientes y guiarlo a través de los títulos.

La poesía está ubicada en el segundo nivel, mientras que en el primero se encuentran  obras de ficción de autores de todo el mundo, revistas literarias alternativas, libros de arte y publicaciones editadas por City Lights. Una reducida alcoba en la trastienda contiene libros de editoriales muy pequeñas y revistas de vanguardia. Dos pequeñas habitaciones en el tercer piso albergan la mayor colección de poesía de las librerías de la costa Oeste de los Estados Unidos, con secciones separadas de poesía beatnik y antologías poéticas.

La librería abre hasta la media noche, y es común ver gente a esa hora ojeando en búsqueda de alguna buena novela para llevarse a casa. City Lights ya no tiene problemas con la censura, sino con los ladrones de libros. De vez en cuando,  llegan sobres firmados por antiguos hippies que aseguran haber llevado su filosofía anticapitalista muy lejos y arrepentidos por haber robado libros hace treinta años, acompañan las misivas con cheques por decenas de dólares. Por toda la librería hay notas de puño y letra de Ferlinghetti donde invita a los visitantes a “guardar su teléfono celular y vivir el momento presente”,  asegurando que “la tinta es el explosivo más potente”, y exhorta a “liberar la prensa del capitalismo corporativo”.

Hoy City Lights publica no sólo poesía y obras de ficción, sino libros con temática social y política. La librería es conocida por su firme compromiso por generar un impacto en la cultura del país mediante la promoción de libros sobre la democracia radical y las políticas progresistas. Para los habitantes de San Francisco, City Lights representa el espíritu de libre pensamiento de la ciudad y aún es el foco de su vida literaria.

De compartir un pequeño espacio en el edificio Artigues, se ha expandido para cubrir todo el conjunto arquitectónico. Con el paso del tiempo el espíritu de contestación y rebeldía ha menguado pero no ha desaparecido. Sigue siendo un centro de protesta y un imán para gente de ideas revolucionarias, que aún sueña con cambiar la sociedad, y para escritores que recelan del capitalismo editorial.

A través de los años, la editorial ha publicado el trabajo de escritores que se han incorporado al canon literario de Occidente. Además de autores de la generación Beat como Jack Kerouac, Gregory Corso y Diane Di Prima, nombres como Charles Bukowski, Georges Bataille, Paul Bowles, Pier Paolo Pasolini, Ernesto Cardenal, Juan Goytisolo, Noam Chomsky y Antonin Artaud, forman parte de su catálogo.

Refugio de artistas, escritores, cineastas y otras almas descarriadas, City Lights es hoy un lugar que forma parte del patrimonio cultural de San Francisco. El establecimiento es visitado cada año por decenas de miles de personas y es uno de los lugares turísticos más frecuentados en North Beach. Aunque se ha perdido parte del aura contracultural que alguna vez la caracterizó, la librería sigue atrayendo a lectores de todo el mundo, seguros de encontrar alguna joya perdida entre sus anaqueles.

http://www.revistaarcadia.com/libros/articulo/libreria-city-lights-san-francisco/42596

Nota de Buena Lectura: Enlace relacionado:

https://buenalectura.wordpress.com/2015/05/11/city-lights-un-lugar-en-el-mundo/#more-14321

Nota de Jimmy Hungría: Las dos citadas notas sobre City Lights, me han hecho recordar un artículo que escribí hace doce años (28 de mayo de 2003) para la edición especial del XX aniversario y de despedida del suplemento Biblioteca que durante 20 años editó José Rafael Lantigua, el cual me permito reproducir a continuación:

«Miles de visitantes extranjeros visitan cada semana la famosa  librería City Lights, de San Francisco de California, fundada hace 49 años por el excéntrico poeta Lawrence Ferlinghetti y considerada el hogar de la generación beat. Hace dos años, esta librería fue declarada Monumento Histórico Nacional».

Con las palabras que acabo de citar empieza una nota de Rocío Ayuso, publicada en Biblioteca el 8 de septiembre del pasado año 2002, que más adelante afirma que dicha librería ocupa un lugar especial en la historia de la literatura norteamericana, y añade: «En ella se defendió la libertad de expresión, presentando el polémico libro de Allen Ginsberg, Howl. Por ella se pasearon Jack Kerouac, que la consideraba su lugar preferido, o el humorista cotracultural Lenny Bruce».

Es curioso que, al cabo de casi medio siglo de su surgimiento en Estados Unidos, la generación beat y todo lo relacionado con ella siga despertando el interés de los lectores y aficionados a la literatura de muchas partes del mundo, como los «miles de visitantes extranjeros» que, de acuerdo a la citada nota de Rocío Ayuso, recibe cada semana la librería City Lights, de San Francisco de California, o como todos aquellos que procuran las reediciones y traducciones de los libros de Ginsberg, Kerouac y demás autores pertenecientes a la generación beat en librerías de todos los continentes.

O como los poetas dominicanos Frank Báez y Paul Álvarez, quienes afirman que Gregory Corso «tuvo mucho ver con lo que estamos haciendo» e incluyeron textos de dicho poeta beat en la gira de lecturas de poemas titulada «Poetas del ping pong», con la que recorrieron varias librerías de Santo Domingo durante el último cuatrimestre del pasado año 2002. O como los artistas Esar Simó, Milton Félix, Loraine Ferrand, Isabel Spencer, Zaida Corniel, Mónica Volonteri y Sandra Alvarado, quienes presentaron una lectura-concierto combinando poesía, teatro y música en el Centro Cultural de España, una espléndida noche de diciembre pasado, con el sugestivo título «Blues en vértigo».

Hace cinco años, el poeta y ensayista mexicano José Vicente Anaya publicó un estudio sobre la generación beat, titulado Los poetas que cayeron del cielo (Instituto de Cultura de Baja California y Juan Pablos Editor, S.A., México, 1998), que mi esposa ha tenido a bien obsequiarme, luego de descubrirlo en la VI Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, y en el cual se basa el resto de este artículo.

Para Anaya, «la generación beat realizó una revolución literaria que empezó muchas veces, de varias maneras y en diferentes lugares y momentos», y señala como uno de esos inicios la primera vez que Ginsberg leyó en público su poema Howl(Aullido), en ocasión de una lectura que él y otros cinco poetas (Gary Snyder, Philip Whalen, Lew Welch, Michael McClure y Phillip Lamantia) ofrecieron en la Six Gallery, en San Francisco, en 1955, «una noche de furor en un lugar abarrotado de gente, humanos amándose, ebrios vibrando al calor de poemas sumergidos en la ebriedad, poemas en los que casi todos los asistentes eran protagonistas. Pero sobre todo, aquellos poemas fueron la proclama implícita de una nueva sensibilidad» (página 9).

Otro inicio sería la publicación, en 1957, de la novela de Kerouac On the Road (En el camino), luego de permanecer inédita seis años, pues fue escrita en 1951. Anaya considera el poema Aullido y la novela En el camino como «las obras claves de la difusión de la literatura, del modo de ser beat y, sobre todo, de una nueva sensibilidad ante el arte y la vida», aunque sitúa como otro inicio del movimiento beat la aparición, en 1952, de la novela de John Clellon Holmes Go, ya que «en ella, sus personajes son los beats; ésta viene a ser, pues, la primera novela publicada con tema, anécdotas y características vitales de la generación beatnik, si bien es cierto que esta novela tuvo muy poca difusión» (página 12).

Sostiene Anaya que el movimiento beat mostró «una generación con marcadas diferencias respecto al statu quo; que había gente con un estilo de vida radicalmente opuesto al tranquilo conformismo, y tal vez sirvió para que muchos tomaran partido a favor o en contra, aunque llegó un momento en que de eso sacaron provecho los comerciantes, y así impulsaron una moda de vestir como beatnik… Llegó un momento en que aparte de los escritores beat, miles de jóvenes comenzaron a expresar sus libertades y a vestir como aquellos.» (página 11).

La parte central del libro está constituida por una antología de 25 poetas y narradores beat, a cada uno de los cuales Anaya le dedica un breve ensayo. Esos 25 escritores, en el orden en que aparecen antologados, son: Diane di Prima, Ruth Weiss, Michael McClure, Jack Kerouac, Philip Whalen, William Burroughs, Gregory Corso, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Gary Snyder, Margaret Randall, Peter Orlovsky, Lew Welch, Leonore Kandel, Robert Duncan, Charles Olson, Denise Levertov, Marge Piercy, Jerome Rothenberg, Diane Wakoski, Leroi Jones, Robert Creeley, Phillip Lamantia, Frank O’Hara y William Everson.

El libro incluye otros ensayos de Anaya sobre diversos aspectos de la generación beat, entre los que me resultó de mucho interés el titulado «El jazz era un loco que atravesaba los Estados Unidos (collage de imágenes sobre los beats y el jazz)», en el que examina con lujo de detalles las alusiones y referencias al jazz en los textos de los escritores beat, así como el modo en que «las lecturas de poesía en público de los beats adquirieron rasgos del ambiente dado en las audiciones de jazz. El poeta lee del mismo modo que el trompetista o el saxofonista soplan hasta incitar a los que escuchan. El poeta beat se convirtió, así, en un agitador que tocaba (tentaba y palpaba) a la concurrencia con sus palabras… Otra característica de las sesiones de poesía con jazz era la improvisación de poesía y música, lo cual significaba un ejercicio de arte que iba hacia la nada, una celebración de lo efímero» (página 244).

La última parte del libro contiene textos testimoniales de escritores, beat o no (Henry Miller, Alan Watts, Jack Kerouac, Gregory Corso, John Clellon Holmes y otros), y finaliza con una amplia bibliografía de los beats y sobre los beats, tanto en español como en inglés, en la que me sorprende la ausencia de un singular libro de la ensayista italiana Fernanda Pivano, del que poseo un ejemplar hace años, titulado Beat, hippie, yippie, del underground a la contracultura (Ediciones Jucar, Madrid, 1975, con traducción de José Palas), cuya primera edición italiana ya cumplió tres decenios, pues data de 1972.

En librerías de Santo Domingo pueden adquirirse, traducidas al español, obras de algunos escritores beat. En ediciones de la Colección Visor hay disponibles en Mateca poemarios de Ginsberg, Corso y Kerouac, al igual que la biografía de este último, escrita por Dennis McNally y publicada por Ediciones Paidós, con el título Jack Kerouac. América y la generación beat. Una biografía. En Cuesta se consiguen, publicadas por Editorial Anagrama, las novelas El almuerzo desnudo, de Burroughs, y En el camino y Los vagabundos del Dharma, de Kerouac.

Finalizo este artículo de despedida de Biblioteca con unos versos de Philip Whalen, citados por Anaya en la página 232 de su libro:

El viejo Miles Davis y Thelonious Monk

producen el sonido

de un plástico congelado.

Esto quiere decir

que en alguna parte

se está desatando el invierno.

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