FELICES TRÓPICOS

Halim Badawi, Revista Arcadia, 27 marzo 2015

BARRANQUILLA. La noticia tomó por sorpresa a muchos: la biblioteca personal de Gabriel García Márquez se conservaría en la Universidad de Texas, a la que fue vendida, de manera legítima, por su familia.

En las redes sociales circularon noticias de archivos y bibliotecas colombianas expatriadas o perdidas, y muchos reclamaron, por parte del Estado, una mayor convicción y celeridad para conocer y conseguir archivos de trascendencia para nuestra cultura. Desde hace algunos años, los archivos y bibliotecas privadas de artistas y novelistas están de moda en el mundo académico internacional. Estas colecciones de viejos papeles permiten el viaje a través de la memoria, la construcción de nuevas tradiciones, la investigación académica, el esclarecimiento de la biografía y las motivaciones del autor, así como la comprensión profunda de diversos aspectos de la vida política, económica y social de un país. Incluso, muchas veces estos archivos permiten impartir justicia (y no solo justicia poética, como en el caso de los intelectuales exiliados) y construir nuevas raíces.

Aunque la discusión apenas se ha dejado sentir en Colombia,este es uno de los campos de batalla de nuestra época (y de todas las épocas): la propiedad de los símbolos y, desde luego, la necesidad de un Estado más activo en su adquisición, ya que normalmente el propietario es quien permite la lectura, interpretación y apropiación de estos objetos, incluso los mecanismos de usufructo económico, mediatización o visibilización.

Al igual que García Márquez, Alfonso Fuenmayor participó en aventuras editoriales como Crónica y el periódico El Heraldo. Alfonso era hijo del también escritor José Félix Fuenmayor. Trabajó como periodista de la revistas Estampa y Crónica, y en los periódicos El Heraldo, Magazín Dominical de El Espectador y Diario del Caribe, del cual fue director durante más de una década. También fue director de la Biblioteca Departamental del Atlántico e integrante fundamental del Grupo de Barranquilla, amigo de Germán Vargas, Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón y del industrial Julio Mario Santo Domingo. A su muerte, en 1994, Alfonso dejó en manos de su viuda una biblioteca con alrededor de 3.500 ejemplares y un archivo con unos 200 documentos mecanografiados y manuscritos, propios y ajenos, así como algunos papeles de su padre, José Félix, también integrante del Grupo de Barranquilla.

Aunque en Colombia han existido bibliotecas privadas más grandes e incluso con ejemplares más antiguos o raros (como, por ejemplo, las colecciones de Nicolás Gómez Dávila o Alfonso Palacio Rudas, con cerca de 30.000 ejemplares cada una, incorporadas al Banco de la República), lo cierto es que la biblioteca de Alfonso Fuenmayor parece ser una de las pocas conformadas entre las décadas de 1930 y 1960, y conservadas en bloque en Barranquilla, una ciudad entre el río Magdalena y el mar Caribe, húmeda y cálida, con un clima poco conveniente para la conservación de papel y sin instituciones dedicadas al rescate del patrimonio documental privado.

Aunque el clima ha hecho algunos estragos, la suerte que tuvo esta biblioteca de haberse conservado en bloque permite hacer una radiografía de algunos momentos estelares de la vida cultural de la ciudad, de los hábitos literarios de un intelectual relevante del Grupo de Barranquilla, de la forma en que estos hábitos pudieron proyectarse hacia sus colegas escritores y artistas, y las formas en que circulaban hacia la ciudad toda suerte de publicaciones latinoamericanas, que llegaban más temprano que a Bogotá. Aunque hoy en día Barranquilla no cuenta con más de un puñado de librerías de nivel (lideradas por la Librería Nacional, fundada en la ciudad en septiembre de 1941 y luego extendida al resto del país), en aquella época el Paseo de Bolívar y sus alrededores parecían estar llenos de libros, incluso en lengua francesa e inglesa, favorecidos por los hábitos culturales de las migraciones europeas y la condición fluvial y marítima que decaería en las décadas subsiguientes. En los años cuarenta y cincuenta, Barranquilla parecía estar más conectada literariamente con el mundo: llegaban las primeras ediciones argentinas, españolas, francesas, uruguayas, chilenas, cubanas o mexicanas casi simultáneamente a su lanzamiento internacional, así como buenas traducciones. Esto facilitó que la vanguardia literaria del país pudiera establecerse sin problemas a orillas del Caribe.

Los libros de la Editorial Ercilla de Santiago de Chile, llegaban con la misma frecuencia a Pasto (por la conexión con Guayaquil y Tumaco) que al Puerto de Barranquilla. En Pasto, numerosos libros de esta editorial fueron encontrados en la biblioteca del fallecido historiador Emiliano Díaz del Castillo, adquirida por la Biblioteca Luis Ángel Arango en 2011, con sellos de librerías ecuatorianas y surcolombianas.

En Barranquilla, la biblioteca de Fuenmayor también cuenta con varios de ellos. Así fue como se conocieron, en ambas ciudades, en ediciones pequeñas, de pasta blanda y en castellano, obras de Thomas Mann o Sigmund Freud. En la década de 1930, los libros de Ercilla eran distribuidos en Barranquilla por la Librería Irradiación, como es el caso de un libro de Aldous Huxley, Mi tío Spencer, publicado originalmente en 1924, que llegó a Barranquilla en edición de Ercilla de 1935, traducido por Hernán del Solar. El libro fue comprado por Germán Vargas (quien lo custodió y subrayó) y luego obsequiado a Alfonso Fuenmayor, en un intercambio entre amigos.

Los libros del escritor estadounidense William Faulkner, apreciado por la vanguardia barranquillera, en especial por García Márquez, también llegaron tempranamente a Barranquilla. Por ejemplo, su libro Intruso en el polvo, publicado originalmente en 1948, llegó a Barranquilla tres años después, en su primera edición en español de 1951, publicada por la Editorial Losada de Buenos Aires. Esto mismo ocurrió, más tempranamente, con los libros de Marcel Proust (En busca del tiempo perdido), La montaña mágica de Thomas Mann o Ulises de James Joyce, y posteriormente con escritores latinoamericanos como Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges y Arturo Uslar Pietri, que cuentan con ediciones tempranas en la colección de Fuenmayor. Así mismo, aunque se valoraban las traducciones calificadas, la Librería Nacional también vendía ediciones en lengua original, como algunos títulos de Ernest Hemingway y poesía surrealista francesa, en especial, algunos bellos libros ilustrados por Jean Cocteau.

Las colecciones de revistas extranjeras hacen pensar en un flujo actualizado del ensayo internacional. Fuenmayor poseía la colección casi completa de la Revista de Occidente, fundada por José Ortega y Gasset en Madrid (España) y distribuida en Barranquilla por la Librería Nacional, así como las colecciones casi completas de la revista de la National Geographic (valga anotarlo, es visible un interés de Fuenmayor por los mapas, revistas y guías de viaje) y revistas colombianas como Voces, Crónica, Mito, Espiral y la Revista de las Indias, algunas compradas en Bogotá y otras en Barranquilla. Un núcleo de la biblioteca está conformado por los libros que pertenecieron a José Félix, quien vivió a plenitud durante la primera mitad del siglo xx y adquirió, tanto en Barranquilla como en Bogotá y París, varias ediciones en lengua francesa, del siglo xix y principios del xx, de autores como Baudelaire, Rimbaud y Verlaine.

A pesar de que un libro es, por naturaleza, una publicación en serie, al pasar a las manos de un nuevo propietario puede terminar por convertirse en un documento único y excepcional. Los sellos de los libros (ya sean de procedencia o propiedad), sus ex libris, anotaciones al margen, subrayados, dedicatorias, firmas e injertos permiten analizar diversas facetas de su recolector, en especial si este fue un agente activo en la vida cultural del país. Así mismo, en su carácter de conjunto, una biblioteca particular funciona como un documento que testimonia la historia literaria de una ciudad y de un grupo social en un momento histórico específico. Ojalá los libros y documentos de Fuenmayor encuentren el destino académico (dentro del país) que merece el legado material del Grupo de Barranquilla, un legado que nos servirá para ahondar y reformular las intrincadas raíces de la tradición literaria del Caribe colombiano.

(A mediados del siglo XX, en torno a la Librería Mundo y al bar La Cueva se conformó el Grupo de Barranquilla. Alfonso Fuenmayor (1915-1994) fue uno de sus ensayistas más sobresalientes. Su biblioteca es conservada por sus herederos en Barranquilla. Valdría la pena pensar en incorporarla a un archivo público o una biblioteca).

http://www.revistaarcadia.com/impresa/literatura/articulo/la-biblioteca-alfonso-fuenmayor/41541

Nota de Buena Lectura: Enlace relacionado:

http://www.abc.es/cultura/20150405/abci-gabo-decidio-legar-escritos-201504041915.html


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