SALVAR LOS LIBROS

Estrella De Diego, El País, 12 marzo 2015

Los miro en las estanterías de mi cuarto de trabajo, familiares; páginas llenas de relatos que se mezclan entre las baldas donde conviven los viejos amigos. Y me transmiten una extraña sensación de sosiego, la apariencia de un mundo estable que me espera paciente, sin prisa.

Pese a todo, bien pensado, son infinitos los peligros que acechan a los libros. Por ejemplo, perderse en la propia biblioteca, traspapelarse entre el resto de volúmenes. Se recorren los lomos, se recuerdan azules y resultan ser marrones. Ocurre a veces. Aunque no sólo. De pronto alguien deja el libro olvidado en el asiento de un tren, a medio leer; o en una estación de autobuses con las prisas de la llegada; o en los sillones confortables de la sala VIP del aeropuerto acabada la lectura, como si el valor durara únicamente hasta el final de la historia. A veces los libros terminan en la basura, y otras, las ocasiones más piadosas, en un banco de la calle que se convierte en biblioteca ambulante a la espera de un posible lector. En mi casa, por ejemplo, un vecino anónimo los deja encima de una mesa, al lado del sofá, como una invitación a la lectura: “Por si alguien quiere leerlos”. Me pregunto quién es: la selección desvela al propietario.

En algunos momentos de la historia los libros son quemados, tratando de extirpar el recuerdo, y el placer de la lectura se quiebra borroso, como un cielo azul vibrante que oscurecen los nubarrones turbios del humo. Es un acto tan impensable que no hay tiempo siquiera de aprender de memoria más que algunos pocos versos. Se abrasa el conocimiento como nos abrasaba la pulsión narrativa en las lecturas adolescentes. Entonces el mundo se hace muy pequeño, esquemático, mundo de frases deshilachadas que se buscan con desesperación, que indagan lo que hay más allá de la mera información, que añoran el soporte físico aun a riesgo del fuego que a veces intenta acallar las voces sin entender que tal vez un verso basta para mantener viva la imaginación —y, al fin y al cabo, todos recordamos un verso al menos—.

El otro día, en la galería Ivorypress de Madrid se habló de libros rodeados por libros de artista, los de una exposición exquisita donde se mostraban algunas de las piezas y los volúmenes publicados por la propia editorial, entre otros los de Richard Long, Maya Lin o Cristina Iglesias. Era reconfortante estar rodeados por los libros físicos, tangibles y bellos, lejos de las prisas de la Red, donde a menudo pocas frases anónimas, imprecisas y maltrechas bastan para explicar un universo complejo y grandísimo —otro peligro que acecha y banaliza nuestro pensamiento, con las frases rápidas y las palabras abreviadas—. Por eso se habló de la Red y se defendió la radicalidad antigua del libro objeto físico. Ahí no se admiten enmiendas: lo publicado, publicado queda. Es un proceso complejo de elaboración que conoce bien la diseñadora Irma Boom, y de conservación, familiar para Rowan Watson del Museo Victoria y Alberto, ambos presentes en la mesa junto al poeta y artista Peter Sacks. No lejos de él se mostraban las páginas de su libro de artista donde había mecanografiado con una antigua máquina de escribir El proceso, de Kafka. Sin embargo, un libro no necesita tener pocos ejemplares para ser “único”, como recordaba la editora, Elena Foster —la propia editorial publica una serie de libritos de artista en tiradas largas—. Quizás basta con que lo ame su propietario.

En esta edición de Arco había un pasillo de editores independientes, entre otros el valenciano Pep Bellonch. Eran los héroes que retan a la costumbre cuando todos dicen que el papel peligra. Estaban en un pasadizo entre los dos pabellones y algunos visitantes pasaban deprisa, sin detenerse. Los libros, tenaces, esperaban unas manos que los acariciaran hasta aprenderlos de memoria.

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/03/12/babelia/1426172979_980229.html


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