ELOGIO DE LA RELECTURA

Marcelo Pisarro,  Revista Ñ, Clarín, 27 febrero 2012

Acaso las personas sean como los libros. Ya sé que muchos han dicho algo así antes. Ningún intento de originalidad ni perspicacia. Pero no puedo dejar de pensar que algunos libros dejan marcas demasiado elevadas en el alma lectora de uno; que lo pillan descuidado y suben las apuestas a niveles altísimos, abandonándolo con la impresión de que será difícil volver a encontrar otro libro que le despierte el mismo interés, las mismas ganas de ver el mundo con la mirada que ese libro le propone.

Poco importa si se trata de un enorme mastodonte que descansa en tu biblioteca desde hace décadas o de un librito de bolsillo maltrecho que encontraste en algún paraje lejano o si elegiste lo primero que viste en el aeropuerto o en la terminal de buses para entretenerte durante el viaje. Son libros que te cambian, que te obligan a imaginar que ya nada volverá a maravillarte o estimularte de ese modo, que te dejan la angustiante sensación de que los otros libros no serán capaces de ofrecerte esa sacudida de simultánea sorpresa y fruición. Algo así, creo yo y seguramente muchos más, sucede con las personas.

Como alguien escribió en uno de estos libros: “Scilla le ofreció, y luego le sustrajo, una promesa sombría: te mostraré otra cosa”.

Así que el sábado en la noche estaba sentado en un bar pensando en todo esto, aburriéndome, trazando planes brillantes para escaparme corriendo, mirando por la ventana los efectos del extraño viento que de repente golpeó Buenos Aires y que anunciaba una tormenta que finalmente no llegaría. “¡Vientos huracanados, Mazinger!”, dije, como último intento de establecer empatía con esa gente tan cool y tan moderna con la que compartía mesa. No funcionó. Volví a mirar por la ventana mientras recordaba otro viejo remate encontrado en otro libro: “Y ya nunca nada nos volverá a sorprender”.

Una de las pibas hablaba con su tono superado y esnob, BoBo (de bourgeois, de bohemian), la vista clavada en su teléfono, los dedos ágiles, nada existe excepto ella y su cacharrito, solipsismo de manual. Ahora la gente no te mira al conversar; ahora terminan de hablar y ya ni fingen escucharte mientras escriben sus tuits.

Entonces la piba explicó por qué los libros no deben releerse. La premisa es tan ridícula que ni siquiera sé cómo desgranarla. Decía la piba que jamás releería un libro, que se le antoja absurdo que las personas relean libros porque releer un libro es como comer una comida que uno ya digirió y ya cagó. Eso dijo, así, esas palabras; luego se rió de su ocurrencia y la tuiteó. Ojalá estés leyendo esto. Ojalá lo releas. Estúpida.

La relectura no existe. La relectura es siempre lectura y si un buen lector no entiende eso a la primera entonces no es un lector tan bueno. Pero lo rebuscado no quita lo mundano. Releemos libros (a veces de cabo a rabo, a veces las partes que hemos subrayado, a veces lo que encontramos abriendo las páginas al azar) por las mismas razones que nos provocan volver a escuchar canciones o discos que nos gustan, mirar películas que nos gustan, regresar a ciudades, provincias, países o continentes que nos gustan; repetimos lecturas porque cada lectura es única y a la vez no lo es, porque nos sentimos en casa, como cuando pedimos el gusto de siempre en la heladería o cuando hacemos el amor con alguien a quien queremos y con nadie más o cuando preferimos cruzar la calle en una esquina y no en otra para pasar por la vidriera de tal tienda y no de otra.

Son esas cosas que acaso ya no puedas comentar un sábado en la noche y que te obligarán a pensar en los buenos libros que has leído porque un día, quién sabe por qué, te despertaste con buena suerte, porque miraste para el lugar al que debías mirar.

http://weblogs.clarin.com/revistaenie-nerdsallstar/2012/02/27/elogio_de_la_relectura/#more-1444


A %d blogueros les gusta esto: