BIOGRAFIA DEL ARZOBISPO PITTINI

Fernando Infante

PittiniPara los dominicanos, particularmente aquellos que aspiramos adentrarnos en el conocimiento de la Era de Trujillo, el nombre de Ricardo Pittini, quien fuera arzobispo primado de Santo Domingo, nos trae al pensamiento el recuerdo de su larga vinculación con Rafael Leonidas Trujillo, acercamiento que se inicia a partir de la llegada por primera vez de monseñor Pittini a la República Dominicana.

Cuando esto ocurre, el salesiano desempeña las funciones de Provincial de su congregación en la parte este de los Estados Unidos y allí recibe instrucciones del Superior General de la orden religiosa, Pedro Ricardone, de trasladarse a Santo Domingo, para examinar la posibilidad de que la congregación pueda establecerse en el país.¨”El señor nuncio –José Fietta- y el Presidente de la República de Santo Domingo, desean fundar allí una escuela agrícola o una escuela profesional. Ve observa e infórmanos”, le instruye el superior salesiano.

El l6 de agosto de 1933, acercándose a los sesenta años de edad llega monseñor Pittini al puerto de San Pedro de Macorís y pocos días después se produce su encuentro con el jefe del Estado en la ciudad de Santiago, donde se encuentra instalado el Poder Ejecutivo en aquel momento.

La reunión entre ambos, con la presencia del nuncio fue clara y sin mucho preámbulos, como señala el sacerdote: “Padre Pittini –centró Trujillo- mucho se hace sentir en la República la creación de un instituto de artes y oficios donde la juventud dominicana pueda practicar las profesiones naturales y mecánicas. Entiendo padre Pittini que necesitamos mucho más de escuelas profesionales que de la mismísima universidad de Santo Domingo. Fíjese bien padre”.

De ese primer encuentro surgió entre ellos una corriente de simpatía que reportaría amplios beneficios para el gobierno como para la congregación salesiana y por extensión para la iglesia católica; débil y disgregada entonces, necesitada de una organización y progreso interno que le permitiera una participación mas acentuada en la vida dominicana, lo cual empezó a lograr a partir de l935, hasta alcanzar un desarrollo, coherencia y vigor que le permitió enfrentar con decidida actitud al régimen a partir del año l958.

En sus memorias, Pittini reconoce la impresión que le causó el gobernante dominicano cuando memora aquel primer encuentro: “Por el momento, agradecí su mano extendida y me complací paletamente en su excelencia, el presidente de la República –y agrega- “Por el momento solo parecía sentir afecto y respeto por mí”.

De su ejercicio episcopal, Pittini nos deja algunas experiencias de su relación con el clero y señala entre sus peores disgustos los ocasionados por un grupo de “eclesiásticos quienes ardían por acreditar méritos ante el régimen de Trujillo y encontraron en el juego de la delación y la invención una posible recompensa”.

También nos ofrece reflexiones acerca de la personalidad de aquel gobernante, como la que señalamos a continuación entre algunas otras que revelan el profundo conocimiento sicológico que había alcanzado aquel pastor de almas en su largo pastoreo. “Trujillo conoce muy bien el valor acumulativo de la seducción…Su forma de seductor fue, de por sí, un arma afilada, porque quien se aproximó supo que se estaba poniendo a tiro y un fascinado es ya carne de seducción. Rafael Leonidas Trujillo fue el tipo de seductor constante, pero a la vez circunstancial al que solo movía el interés”.

Lo circunstancial de los afectos de Trujillo, que tanto conocieron quienes estuvieron en su entorno de amigos y servidores, entre quienes sobresalió el propio Arzobispo, la pudo comprobar éste de manera dolorosa y descarnada, según narra en el capítulo que titula “Epica de Terrores”, cuando el trujillismo llega al “paroxismo”, en sus años finales. Pittini habla de un confuso accidente que sufriera al anochecer del 7 de diciembre de l958 en su habitación del arzobispado, cuando recibió un fuerte golpe en la cabeza que lo hizo caer de la cama con una gran herida.

Este acto produjo un sordo asombro y una gran inquietud en el círculo religioso personal e íntimo de monseñor Pittini, situación que comenzó a despejarse cuando sus médicos comprobaron que el accidente no tendría consecuencia fatales y llegaron a la conclusión que solo un atentado podría haberle causado la clase de lesión que había sufrido, percepción que se vio reforzada porque poco antes algún desconocido había penetrado en la habitación y sustraído su anillo episcopal que se encontraba en una mesita junto a su cama.

Pero aún faltaba que le ocurriera lo peor y que lo condujo a la pérdida del afecto de Trujillo. Esto habría de llegarle después de monseñor Pittini recibir a Máximo López Molina cuando éste llegó al país para iniciar las actividades del Partido Comunista Dominicano y como viejo conocido del Arzobispo no tardó en visitarle. Trujillo de inmediato hizo llegar hasta él al monseñor Antonio Flores, salesiano también a quien sin preámbulos le espetó: “vaya y saque del palacio al arzobispo antes de cuarenta y ocho horas. Si no, vuelo la catedral”.

No parecía un mandato para quien había sido su amigo de tantos años y contribuyó con tantas obras de desarrollo humano a matizar su duro régimen y revestirlo de cierta preocupación social por las clases necesitadas. Aquella terrible orden parecía el ultimátum que concede un señor de la guerra a un enemigo que se niega a abandonar un bastión sitiado.

Esta acción de Trujillo la sintió Pittini con más dolor que el estacazo que le fue propinado en la cabeza, porque ahora el sufrimiento no fue físico, sino en el alma e infligido por el hombre con quien tantos esfuerzos había coordinado para el desarrollo de la organización salesiana en el país y con ello contribuir a la formación espiritual y material de un gran sector de la juventud marginada, que en alguna medida eran matices que atenuaban el aherrojamiento y asfixia social en que vivía toda la sociedad dominicana.

Esta exquisita, culta y sentida narración biográfica, escrita por el erudito español Francisco Rodríguez del Toro, doctor en historia contemporánea y licenciado en Filosofía, Teología e Historia de la Iglesia (gregoriana Roma), quien a publicado treinta libros en materia de su especialidad, fue editada por la fundación NIPASE, de España en enero del año 2010, describe la vida de un hombre quien confiesa que desde su temprana juventud “succioné mi deseo de ser sacerdote con la voracidad de un parásito de almas”, e imbuido por su alta vocación apostólica ingresa al seminario y a los diez y siete años es enviado a el Uruguay para completar su formación sacerdotal, y allí alcanza “su ordenación sacerdotal en América y para América”. Permanece por treinta y cuatro años en este país y en el Paraguay cumpliendo su labor salesiana creadora de centros educativos y evangelizadora hasta en la Guaranía, cuando que es trasladado a los Estados Unidos, en l928, donde permanece por seis años.

Su vinculación al gobernante Rafael Leonidas Trujillo, quien llegó a “quererlo como un padre”, según le confió Virgilio Alvarez Pina, en visita que le hiciera en los terribles años finales de régimen, la aprovechó el sacerdote para expandir la obra salesiana, para proporcionar a gran parte de la juventud marginada dominicana alguna formación laboral y espiritual que atenuara en alguna medida los rigores el régimen, Pittini siempre tuvo sentido de la oportunidad, como el mismo lo confiesa cuando decide su entrada al seminario, niño aún. Por tanto, con su sentido pragmático razona: “Trujillo gobernaba la República Dominicana mediante una imagen de Gran Benefactor acudí a él… Trujillo fue Estado fuerte e imagen. Trujillo fue la gran factoría política que confeccionó una imagen de la República Dominicana. Yo a mi manera fui la iglesia dominicana e imagen también”.

Esta obra no despierta interés sólo por su experiencia con Trujillo. En sus páginas se describe la entrega de este sacerdote a la gran tarea de engrandecer la labor salesiana en los distintos lugares donde actuó como Principal de esa congregación. El lector conoce, además, sus amigos y aquellos tantos personajes que trató, como lo fue Indalecio Prieto, cuando ambos coincidieron en la clínica Castroviejo de Nueva York por problemas de la vista. Ya Pittini había perdido la visión de su ojo derecho en l944, durante una larga visita pastoral en Puerto Plata y Altamira.

Sus impresiones con Roossevelt y el Papa Pío XII. Sus afanes en los Estados Unidos por expandir allí su congregación. Su gran amistad con los cardenales O´Connell y Richard Cushing y la solidaridad que encontró siempre en ambos, para sus proyectos salesianos en el país. La lectura de estas memorias resulta una travesía instructiva y cultísima por un pasado no tan lejano en la historia.

Sus vivencias en una época de convulsiones sociales, económicas y política en el mundo; las misiones que le encargaba el gobierno dominicano en su interés de la realización de su proyecto del Faro a Colón y su viaje a Venezuela para traer los restos de Félix María Ruiz en un momento en que las relaciones entre los dos gobiernos no se encontraban en armonía.

En esta obra biográfica de Ricardo Pittini, encontramos junto a todo lo anterior: su visión amplia y abarcadora; filosófica y heurística de aquel momento en la vida dominicana que la historia recoge como Era de Trujillo y el repaso que hace de aquella época, y de aquel hombre que percibe como único y quien fue su artífice: “Rafael Leonidas Trujillo no fue uno mas…jamás resultó indiferente ni para el corazón ni para la fantasía. Cordialmente indiferente. “No. Rafael Leonidas no dejó a nadie indiferente. Tampoco a mí. Fue un personaje. Tuvo a diferencia de otros –que picaron tan alto y cayeron tan bajo como hombres de paja, por ejemplo Peynado o Troncoso- categoría de personaje. Tuvo mensajes, argumentos, comunicación, paradojas, contradicciones, carga dramática. Fue shakesperiano.”

Este trabajo biográfico acerca del azobispo Pittini, nos ofrece por sobre todo, su esfuerzos orientados hacia el engrandecimiento de la iglesia católica a partir de su consagración arzobispal en la República Dominicana, tal vez con la intención de que la actuación de este sacerdote sabio, cuya vida estuvo apostólicamente dedicada a la formación, expansión y fortalecimiento salesiano, pueda ser reenfocada por los dominicanos, quienes generalmente preferimos recordarlo, superficialmente, como estamos acostumbrados a enjuiciar: por trujillista. “Con el correr del tiempo, varios sacerdotes, caza recompensas a sueldo, aparecerán en las alcantarillas por donde bajó arrastrada mi fama, acusándome de trujillismo”.

Por último entendemos la biografía de Ricardo Pittini, Arzobispo primado de Santo Domingo, que hemos dedicado este comentario, como una travesía altamente instructiva por toda su vida rica en experiencias de hondo sentido humano en una prosa cautivante. No como un relato nada más de sus relaciones con Trujillo, con quien tuvo que transigir para lograr llevar a el desarrollo de la escuela salesiana en el país y con ello lograr la preparación de un parte de la juventud marginada que se encontraba necesitada de instrucción y enseñanza útil para incorporarse eficazmente en la sociedad. Esto fue un episodio de su larga vida dedicada a la búsqueda de la formación espiritual y el entrenamiento en labores edificantes en la juventud desamparada como miembro de la congregación salesiana que fue y tuvo como ejemplo aquel gran hombre que fue Don Bosco.

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